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23 diciembre 2013

La MAGIA de Diego Palma

Magia, portada del libro.

Diego Palma conforma parte del grupo de jóvenes escritores y artistas plásticos El Salmón. "Magia" es su primer libro de literatura infantil. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y sus artículos, crónicas, entrevistas y demás colaboraciones se han publicado en revistas y medios de difusión selectiva como La Guía de Arte de Lima, Suplemento Cultural de Laboratorios Merck, Magazine Cruz del Sur, Revista Nidos de Lima y Revista Lápiz y Papel, así como también ha contribuido con la escritura de 52  artículos Wikipedia sobre destinos en el Perú para la página web de viajes sumaqperu.com 


Patt Monroy (ilustrador del libro), posa al lado del autor, Diego Palma.

RESEÑA Y VALOR TEMÁTICO:
Los cuentos de "Magia"rescatan la identidad nacional de nuestro país aplicándola a sus mitos, contextos y vivencias locales, con lo cual busca rescatar el valor de lo nuestro y reforzar nuestros inherentes orgullos nacionales. Todo ello rescatando valores que incentiven el desarrollo de futuros ciudadanos con valores como la amistad, el respeto, la solidaridad, la lealtad, etc., con lo cual el libro contribuye, a su vez, a la formación de ciudadanos con identidad peruana pero con una actitud universal.
Están escritos con un lenguaje sencillo y orientado al fácil entendimiento, de modo que el lector puede entretenerse rápidamente con la secuencialidad de los hechos, generando como consecuencia un acercamiento temprano a la lectura, un despertar de la imaginación y lo más importante, una sana y nutritiva manera de divertirse.
Con ustedes, Diego Palma entrevistado para el programa "La infancia primero", de Salgalu TV. Pueden ver el video pinchando en ESTE ENLACE


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14 noviembre 2012

Matemos a Borges, de Daniel Romero Vargas, comentado por el crítico Alexis Iparraguirre


Portada de Matemos a Borges

Aunque conviene  no enfatizar el hecho, el territorio de la literatura es un planisferio dibujado por las voces de algunos padres fundadores: Homero, Shakespeare, Cervantes, el trujillano Vallejo, el ginebrino Borges. Hay más, pero su número no importa. Lo que importa es que el mapa que contiene la voz de un escritor X es, por definición ajeno, ya que pertenece a la voz  de alguien que preexiste, a alguien que ya tiro los dados por él. Llamemos a la voz que dibuja el mapa, que es un juego, como el Gran Otro, o el Padre, o el suplemento lacaniano. Tampoco importa el nombre. Lo que importa a un escritor nace siempre a la literatura de otro. Por consiguiente el escritor x tiene dos opciones como Edipo en la encrucijada. Puede decidir no jugar el juego de la literatura, y aún así hacer lo que él llama literatura. Y el resultado son, por lo general, eso que conocemos como las cumbres de la historia mundial del autismo (se me ocurre el dadaísmo y su obsesión por la originalidad a fuerza de ser ininteligible; se me ocurre la metáfora del borrón inhumano en el cuento “La obra maestra inconclusa” de Balzac). Pero también puede decidir jugar el juego, y toma la voz de otro debido a que el mapa de la literatura es fatalmente ajeno. El creador, entonces, realiza la operación que le es propia: imposta una voz paraentrar al juego donde todo se ha dicho, para persuadir de que su impostación es una novedad en sí. Roba una naipe del mazo de cartas del Padre, del Gran Otro o del Poeta predecesor, y lo muestra como propio, porque si no lo hace no hay literatura. De inicio, entonces, la literatura es un crimen, un robo, una suplantación. Es la voz que finge un país del planisferio ajeno para figurar en la invención. Entonces es un eco que suplanta el autentico silencio de quien escribe. En este crimen, cabe la posibilidad de que el delincuente pueda ser el eco de una voz ajena que carece de oyentes. Estas ideas y otras semejantes, naturalmente lúcidas y obligadas en el delito de jugar el juego de otros promueve Daniel Romero Vargas, acertadamente, bajo las imágenes del crimen y el vacío.

 Daniel Romero Vargas, finalista de Premio Caretas 
con el cuento que da nombre al libro

Puede decirse lo mismo de la siguiente historia, que refiere un juego de espejos, no ajeno a la ironía y, quizás, al mismo ademán de robar el naipe al Gran Otro,ese que inventó la literatura. En este cuento, un escritor atento a los cuentos escucha de uno que, en un pasado impreciso, ganó el concurso de una revista famosa. La historia vencedero del certamen refiere que Borges es víctima de un crimen y, según todo parece indicar, quien conjura los detalles del asesinato y la invención del asesino. Tanto la naturaleza ficticia del criminal como la existencia acaso insoportable del sabio condenado a proferir ficciones adquieren consuelo y final en la certidumbre de que la muerte borrará por igual la memoria y el recuerdo de ambos. En este punto, el escritor oyente,que nunca tiene la oportunidad de leer ese cuento,captura la sugerencia de que el asesino y victima sean uno, sean Borges; escribe con esa idea un nuevo cuento (el tercero de esta relación), que es suyo, pero, que, como sabemos, es un crimen. En el relato del segundo escritor, Borges conjura una trama idéntica para asesinar a personajes que también son sus invenciones. Pero,como vuelta de tuerca, la trama del cuento imitala secuencia de crímenes de la “La muerte y la brújula”, un cuento policial también de Borges. Este furor imitativo merece, naturalmente, una conclusión borgeana, que, más o menos, diría así: “cuando el segundo escritor cree que la impostura de personificar a Borges, de impostar su narrativa, ha creado un espejismo que lo diferencie y eleve por encima de la generalidad, comprueba, no obstante, que, desde la perspectiva de Dios, o de los ángeles, él también es un doble, una copia, no de Borges, sino de otro, del primer autor que escribe un cuento donde Borges es asesino y víctima. Porque para Dios que vive en la eternidad, o para la literatura, que no tiene tiempo, las diferencias son instantes y las semejanzas son constantes. Para la eternidad (no se cuánto halague o no este comparación a Daniel) el segundo escritor, el influido por la historia que oye, que soy yo, y Romero Vargas, que escribe Matemos a Borges, la historia primera sobre Borges asesino, somos uno solo.

Este razonamiento, que es verosímil,  crea la situación excéntrica de que cualquiera, Daniel o yo, pueda hablar de la obra propia con la distancia crítica de quien la intuye, íntimamente, ajena. O que cualquiera pueda, pero acaso de una forma más ajustada a su perfil, presentar la voz que uno y otro ha levantado en distintos sitios del planisferio de la literatura con cierto sentimiento de pertenencia. Que lo otro es lo propio es, de antaño, la impresión que deja la literatura cuando ella consigue que el lector renuncie a sus propios límites y se apropie de lo ajeno. La lectura de “Matemos a Borges” descubre esta cualidad compartida por lectores fervorosos y, favorece que aquellos lectores radicales, los creadores, se reconozcan en el juego de espejos de figurar la voz propia, esa con que se obtiene un nuevo planisferio para la exploración de los hombres.

Martín Zúñiga y el autor, presentando "Matemos a Borges" en la FIL Arequipa

No obstante, conviene aclarar que, desde el punto de vista genético, la literatura no queda exculpada. Para ella no hay indulto. Es un crimen de lesa suplantación. Matemos a Borges también es un catálogo de la imaginación con prontuario de Daniel Romero Vargas, del modo en que roba cartas para ganar su juego. Es un jugador que no se intimida. Baraja las cartas que sirvieron dos jugadores astutos y poderosos. Son previos a Borges y  él los imposta y al hacerlo, como señala Harold Bloom respecto de la bendición de la influencia, los reinventa para convertirse en artista libre de sí mismo. Especulo que llegó a ellos a través de ese tahúr grande que fue Borges, porque sin ellos no hubiera podido inventar la literatura argentina del siglo XX, esa provincia geométrica, habitada por compadritos intelectuales.Para inventar su libro, para construir su voz, Romero Vargas fue a recorrer las naciones deslumbrantes y oscuras de Kafka y Poe, dos conquistadores voraces por poderosos en el arte de proferir ficciones. Preciso: a Kafka y a Poe, pero al Poe más kafkiano (porque Kafka colonizó retroactivamente algunas provincias del país de Poe cuando decidió que el absurdo es el espanto de Poe, pero con aspiración de  infinito). Así, en un mapa kakfiano, en alguna provincia parcialmente consumida por la jugada de Kafka, se sitúa “El fantasma de la Muerte Roja”, un cuento de Poe.  No solo se trata de una alegoría oscuramente sensualista de la peste, sino una voluptuosa alegoríala descomposición social. La historia es, incluso en su resumen, inquietante. En una mansión,que puede ser cualquier mansión o el espejo abstracto de una mansión, personas que se distinguen con precisión unas de otras por sus disfraces, su riqueza y su intemperancia celebran la vida fuera de la intemperie de la peste. Poe ha abstraído los nombres, las fechas, la lógica de algunas emociones, como la hesitación o la vulgaridad. En este movimiento reconocemos el acceso al territorio que expandió luego Kafka: sabemos que ese mundo puede ser el de nuestras buenas conciencias liberadas a la complejidad del gozo. No obstante, su funcionamiento es un mecanismo intransitivo, como una caja negra cuyo interior se desconoce, y que hace de sus superficies una barrera infranqueable e hipnótica por eterna.  Ese sabor a pesadilla, donde el soñador corre por contestar un teléfono que sabe de antemano que no va a contestar justo porque está corriendo,es el absurdo kafkiano, invención largamente más productiva como jugada literaria que las alegorías que eventualmente se fabrican con ella (incluso esta alegoría de la decadencia de Poe que, retrospectivamente, es kafkiana). Se trata de la pura idea de desconocer la función de los objetos aunque sean familiares. O desconocer el fin de una ceremonia aunque sean domésticos sus partícipesy sus procesos (una línea débil de esta posibilidad es reducir la incomprensión al complot). La apropiación de la carta Kafka-Poe por parte de Romero Vargas consigue una voz de timbre singular. Esta se profiere con plenitud e invención en “Historia de un callejón”, el último relato del libro. Se trata el monólogo de un alienado en el fondo de una mugrosa vía pública que sirve de sumidero. Aquí el alienado es el propietario de objetos en medio de la peste. Pero no son los objetos del canon gótico (los armarios, los bibelots, las cajas de música o esa otra forma de objeto gótico que es paisaje evidente u abstracto de un cementerio).El loco modula su monólogo sobre los desperdicios de la ciudad moderna y las deyecciones humanas que esta no consigue procesar. Romero Vargas configura en el absurdo pauperizado una peculiar ceremonia de peste y locura.

La invención de Romero Vargas se erige, pues, entre nosotros con especial esmero en una prosa meditada, en un escenario de tugurios, de sótanos, de ceremonias oscuras. Nos advierte desde un comienzo que se trata del voraz sortilegio de las letras: el pase de magia con que un escritor consigue que la carta ajena sea propia. El efecto de la ceremonia, de la lectura, es el de quien encuentra instalada la imaginación de Romero Vargas, al final, como en una emboscada, en el lenguaje de los objetos de la carencia. La material y la espiritual. Romero Vargas continua una geometría del desasosiego que apela sin tremendismo al sumidero de nuestras conciencias. Una vez más, la literatura se abre paso desde su entraña de pura lengua a la evidencia de la vida desnuda. La pura forma contiene la ciudad que formamos estando juntos. Romero Vargas cuenta la pesadilla sin énfasis de sus miserias.


10 octubre 2012

LA CASA DE LA LITERATURA PERUANA CUMPLE TRES AÑOS



  • Con más de 2,000 eventos literarios realizados y casi 2 millones de visitantes, la CASLIT celebra su tercer aniversario con una “Semana Literaria”, que trae un amplio programa de actividades gratuitas.
La Casa de la Literatura Peruana cumple este 20 de octubre su tercer aniversario institucional, consolidándose como un espacio literario y cultural donde no solo se promueve la vida y obra de los escritores más destacados de todas las regiones del país, sino que ha abierto sus puertas a los noveles escritores que presentan aquí sus creaciones y proyectos literarios.

Como parte de las celebraciones por sus 3 años, la CASLIT realizará del 16 al 21 de octubre su tradicional “Semana Literaria”, que este año presentará una veintena de actividades gratuitas para todo tipo de público. Desde las 10:30 a.m. presentaremos sesiones de cuentacuentos y títeres. A media mañana se presentarán maratones de lectura y conversatorios con escritores invitados. De 2:00 a 3:00 p.m. habrá un festival de cortometrajes premiados por CONACINE. Y desde las 4:00 p.m. se realizarán funciones de teatro para jóvenes y adultos. No podían faltar las conferencias, tertulias y presentaciones de libros, que se desarrollarán a largo de toda la semana. Cabe resaltar que el martes 17 de octubre, a las 6:30 p.m. se entregará la “Distinción Casa de la Literatura Peruana” al escritor Antonio Gálvez Ronceros; y el viernes 19 de octubre se inaugurará la exposición “Tradiciones de Ricardo Palma para niños”, en el Bulevar Infantil. Durante toda esa semana se obsequiarán postales y globos con caricaturas de lo escritores.

Esta “Casa de los sueños”, como la definiera nuestro Premio Nobel de Literatura, ha realizado durante estos 3 años de creación más de una centena de talleres gratuitos para niños y jóvenes donde se promueve la creación literaria, el hábito de la lectura y sobre todo la comprensión de textos. Asimismo, la CASLIT, dirigida desde enero de 2010 por Karen Calderón Montoya, ha logrado ser incorporada al Plan Curricular Nacional, como una visita imprescindible para los escolares que se encuentran estudiando la historia literaria de nuestro país.

Por otro lado, se ha convertido en el centro de difusión de nuevas obras y sellos editoriales, y de Congresos Literarios Nacionales e Internacionales, como los realizados en honor a Mario Vargas Llosa (2010), Carlos Germán Belli (2011) y César Vallejo (2012).

Cabe destacar que la CASLIT tiene entre sus metas distinguir a autores de la literatura peruana que hayan realizado un significativo aporte a nuestra tradición literaria. Cumpliendo con esta misión de homenajear a los escritores en vida y rendir el tributo que merecen los que ya partieron, la institución creó en el año 2010, la distinción “Casa de la Literatura Peruana” que ha sido otorgada a los literatos: Mario Vargas Llosa (escritor), Carlos Germán Belli (poeta), Estuardo Núñez (crítico literario) y Edgardo Rivera Martínez (escritor); y al poeta arequipeño César “Atahualpa” Rodríguez.

Durante todo este tiempo, la Casa de la Literatura ha cumplido cabalmente con su misión de difundir la literatura peruana realizando exposiciones donde se ha plasmado la vida y obra de nuestros literatos más destacados o de importantes periodos de nuestras letras. Entre las muestras presentadas resaltan las dedicadas a Martín Adán, Ciro Alegría, Ricardo Palma, César Atahualpa Rodríguez, José María Eguren, Luis E. Valcárcel, Leonidas Yerovi, Carlos Eduardo Zavaleta, entre otros. También se ha rendido tributo a la literatura amazónica, las Revistas vanguardistas, el libro infantil peruano, el teatro peruano del s. XX, la literatura arequipeña, el cuento peruano, la generación poética del cincuenta y la crítica literaria peruana. Asimismo, muchas de nuestras exposiciones han viajado a provincias como parte del Programa de Descentralización Literaria. Tal es así que la muestra “Indigenismo Peruano” se presentó en la Feria del libro de Huancayo (junio, 2010), la exposición Mario Vargas Llosa viajó a la Dirección de Cultura de Huánuco (mayo, 2011), la exhibición sobre la poeta Carmen Luz Bejarano viajó a la Municipalidad de Acarí, Arequipa (junio, 2011) y este año nuestro tributo a Carlos Eduardo Zavaleta se está exponiendo en la Municipalidad Provincial de Huaylas, Ancash (setiembre, 2012).

En 2012, la CASLIT emprendió otro proyecto descentralizado: “El vagón literario: viaje entre las letras”, que instauró la primera biblioteca viajante del Perú. De esta manera, durante todo este año, los libros de la Biblioteca Mario Vargas Llosa han viajado en el Tren Turístico Lima-Huancayo para que viajantes nacionales y extranjeros puedan disfrutar del placer de la lectura; siendo los títulos más leídos los de Mario Vargas Llosa en lengua extranjera: francés, inglés, alemán, italiano, etc.

La Casa de la Literatura Peruana, que ya ha recibido 1,887.413 visitantes (al 30 de setiembre), planea recibir, con un gran agasajo, en la quincena de noviembre, a su visitante dos millones. Visita tú también la CASLIT, de martes a domingo, de 10:30 a.m. a 7 p.m., que ofrecemos visitas guiadas gratuitas por nuestras 16 salas. Y los sábados y domingo tenemos el programa “Fin de semana familiar”, donde podrás disfrutar de proyecciones de cine, funciones de teatro y muchas otras actividades para los amantes de las letras y la cultura.

Para mayor información comunicarse con la Srta. Alessandra Tenorio, Jefa del Equipo de Promoción Literaria, a los teléfonos: 426 2573 anexo 103, 990977993 y RPM: #990977993.

03 octubre 2012

"Dirty Sexy Money" en la FIL Arequipa 2012


El periodista y escritor GianFranco Languasco presentó  su primer libro de cuentos, Dirty Sexy Money.  Publicación se encuentra bajo el sello editorial Casatomada.
Los cuentos de Dirty Sexy Money  son relatos digeribles para el lector, así como  la presencia de un lenguaje urbano usado por los personajes de cada historia.  GianFranco Languasco refiere de su  publicación “El libro intenta ser como una pastilla que se trage fácil”.
Presentación de la producción escrita se dio el sábado 29 de setiembre a las 17:00 horas en las instalaciones de  auditorio Biblioteca Mario Vargas llosa.

23 abril 2012

¡Feliz día del libro!


Llegamos al mes de abril sin fin del mundo ni terremoto aparente, y por eso mismo qué mejor forma de celebrar el día del libro, que leyendo. Esperamos que disfruten esta joyita del cuento peruano, que compartimos a manera de regalo entre todos los lectores que nos visitan, y, parafraseando a Oquendo de Amat: lea como quien pela una fruta...


García Márquez y yo
Jorge Ninapayta

Extraños fueron los caminos que me llevaron hacia la gloria. Ahora que repaso mi vida puedo apreciarlo con claridad. El día que yo cumplía veintitrés años, en un bar del Callao, una gitana circunspecta y de carnes enjutas me leyó la suerte en las cartas. Luego, con tono solemne, me dijo que yo haría algo muy importante en la vida; “algo grandioso”, fueron sus palabras.
La verdad, no fue una gran sorpresa para mí, porque siempre estuve convencido de ello. Aunque pensaba que no era necesario ejecutar algo desmesurado; un aporte a la Historia, por pequeño que sea, es un logro notable. Y mientras llegaba el momento esperado, me desempeñaba como corrector de textos en una editorial de libros de teología.
Cuatro años después, partí del Callao en un barco carguero que me llevó por varios puertos de Sudamérica. Así inicié un periplo que duró más de diez años. Me ganaba la vida corrigiendo textos. Lugar a donde llegaba, averiguaba sobre las editoriales o los diarios más conocidos y allá iba a ofrecer mis servicios.
La corrección de textos es un oficio mal reconocido. Y no es una tarea fácil, aunque muchos la consideren una ocupación ancilar y de poco fuste. En este trabajo hay que dominar no sólo la ortografía, la gramática, la sinonimia; también el ritmo y la cadencia de las frases. Muchas veces, incluso, hay que adivinar lo que el autor quiso decir. La experiencia brinda destreza al buen corrector; con los años, basta una rápida ojeada a las primeras frases de un texto para medir la calidad de su autor, para saber si estamos ante un profesional de la pluma o ante un pelmazo que ensarta palabras.
El año más importante de mi vida fue 1967, que me halló viviendo en Buenos Aires. Trabajaba corrigiendo libros técnicos, boletines, algunos volúmenes de cuentos, en una editorial de cierta importancia, luego de haberme rebajado a fungir de ayudante de cocina en un restaurante japonés. No pasaba nada especial en mi vida, y ya empezaba a dudar de mí mismo. Hasta que cuatro meses y medio después de haber entrado a esa editorial, llegó a mis manos un texto grueso en un sobre manila. Era una novela, me dijeron, a la cual debía hacerle la corrección. "Apúrate, el editor quiere entrar a imprenta dentro de una semana".
Es lo usual en todas partes: los editores siempre andan apurados y quieren que uno también se apresure a último momento, cuando ellos han perdido tiempo valioso sacando cuentas sobre costos de producción y esas banalidades.
Hojeé sin ganas las páginas, esperando encontrarme con algún farragoso texto de estilo regionalista y temática sollozante, de los que aún sobrevivían por esos años. Pero sucedió algo inesperado; desde las primeras páginas de esa novela quedé sacudido. Yo había leído antes algo de ese autor, unos cuentos, creo; pero esa novela, que en la primera página anunciaba Cien años de soledad, era, definitivamente, una obra notable y original.
Me entretuve más de la cuenta repasando con delectación cada capítulo, cada párrafo, cada línea. Cada frase llamaba a la siguiente con naturalidad, engarzándose como en una gran joya de finos arabescos, y la historia avanzaba envolviéndome en su universo de maravilla. No le hallaba error de ninguna clase, ni siquiera alguna mácula ortográfica.
Mi labor, esa vez, se redujo sólo a cotejar el original con el texto que iría a imprenta, a identificar las faltas de la digitadora. Sin embargo, parecía que hasta ella, una gorda mendocina que solía resollar mientras aporreaba las teclas, se había contagiado de esta voluntad de perfección y había olvidado sus frecuentes errores. Y mientras realizaba mi labor, pensaba que algo así, precisamente así, me hubiera gustado escribir. Y me acordé de lo que me dijera la gitana.
Yo avanzaba la lectura de la novela sin hallar ninguna falta. Cada hoja revisada la ponía sobre una bandeja, de donde era llevada por un empleado al editor. Hasta que, un poco después de la mitad, hallé algo que me sobresaltó: un vocativo sin su coma. En un diálogo, el coronel Aureliano Buendía era llamado por uno de sus lugartenientes, y el nombre aparecía sin la coma de rigor. Pensé que debía ser descuido de la digitadora, no podía haber otra razón. Pero cuando revisé el original, fue mayúscula mi sorpresa al comprobar que allí tampoco aparecía la necesaria virgulilla. El autor, el maestro, se había equivocado. ¿Era posible? Quizá de tanto revisar y rehacer las frases. A veces sucede.
Que Dios me perdone, pero confieso que me alegré de esa circunstancia, pues para entonces estaba convencido de que esa novela haría historia. Claramente sentí en ese instante que una voz me llamaba desde arriba y, con tono exhortativo, me indicaba que había llegado el momento. Mi momento.
Volví a mirar el vocativo, que parecía como abandonado, inerme, sin su coma. Y, entonces, ya no me quedaba más que cumplir con mi labor, hacer mi aporte. Así es que tomé mi gruesa pluma de tinta líquida, tratando de sortear un temblor que al inicio amenazó con debilitar mi mano, inspiré larga y lentamente, calculé la distancia, la presión necesaria, y esta vez con mano segura y pulso firme puse la coma: un punto grueso con una colita hacia abajo, como mandan los cánones, tanto en la versión de la digitadora como en la del autor. Eso fue todo. Eso fue suficiente.
El resto es historia. La novela prácticamente instauró una nueva manera de narrar, se realizaron varias ediciones de ella y se vendieron millones de ejemplares. Yo permanecí en Buenos Aires sólo hasta la tercera edición. Volví al Callao, donde ingresé como corrector en una dependencia del Ministerio de Educación. Me casé, tuve tres hijos, fui feliz: ya nada importante. Años más tarde me jubilé.
Mi vida después ha consistido en mantenerme atento al derrotero editorial de la obra. En cuanto una nueva edición llegaba a librerías, corría a conseguir un ejemplar, un poco para hacerle honor a la novela, pero sobre todo para verificar la presencia de mi coma, si es que continuaba allí. Y, por supuesto, allí estaba, bien afincada, cumpliendo su función cabal, y hasta me parecía que resaltaba más que los otros signos cercanos.
Ahora que mi modesta pensión de jubilado no me permite comprar las nuevas ediciones –algunas notablemente lujosas–, solamente puedo dedicarme a admirarlas. Entro en esos elegantes recintos de libros del centro, sorteo al vendedor que me mira con gesto despreciativo, ubico la nueva edición, llego hasta la página indicada –que varía según la editorial y las picas– y veo mi coma. Y cuando leo el párrafo pertinente y recuerdo todo el reconocimiento que ha obtenido la obra, que ha contribuido a ganar el Nobel para su autor, yo también siento orgullo y se me hincha el pecho de emoción. En esos instantes percibo claramente cómo el aliento de la gloria me roza la cara y revuelve mis cabellos canos, y me siento orgulloso –muy orgulloso– por esa novela que hace mucho, en un tiempo ya lejano, escribimos García Márquez y yo.


Jorge Ninapayta de la Rosa | Nasca, 1957 | Ha realizado estudios de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Sus cuentos, aparecidos en revistas y antologías, han merecido diversas distinciones: Premio Juan Rulfo, París 1998; Primer Puesto en El Cuento de las 1000 Palabras 1994, de la revista Caretas; Premio Julio Ramón Ribeyro 1998; Premio Juegos Florales 1992 de la Pontificia Universidad Católica del Perú; Premio Jorge Luis Borges 1987. Es autor del libro de cuentos Muñequita linda. En la actualidad reside en Nueva York.

02 marzo 2012

Las perversos inquilinos de Pool Muñoz, HOY


Hoy viernes 2 de marzo, a las 6 p.m., en nuestro auditorio, se presentará el libro de cuentos Amores, inquilinos y perversiones de Pool Muñoz Villanueva. Los comentarios estarán a cargo de Víctor Andrés Ponce y Luis Alberto Medina.
“Pocas veces un primer libro puede combinar tan efectivamente una dosis peligrosa de violencia, humor negro, sarcasmo y emoción. Amores inquilinos y perversiones es, quizá, la mejor forma de iniciar una carrera literaria en el siempre difícil camino del cuento, pues cada una de las historias está narrada desde el vientre mismo de la desesperación, la angustia, la desesperanza y el amor (esa eterna guerra de poderes que mueve el mundo), y donde rara vez el lector sale ileso. (…) Pool Muñoz no solo sorprende con esta primera entrega en un plano narrativo, sino que además demuestra que es un testigo de su tiempo y que cada historia que contiene este estupendo volumen es una radiografía hermosamente cruda de la sociedad en que vivimos”, dice Gabriel Rimachi Sialer, editor del texto.

15 noviembre 2011

Fernando Sarmiento entrevistado

El autor de la estupenda novela "Clash City Loose" entrevistado por LimaGris. Compren la novela, realmente es buena: tiene mucho rock.

09 septiembre 2011

CUENTOS INFAMES: este lunes 12 de septiembre en el JAZZ ZONE!!!


Cuentos infames es la primera entrega de Luis Torres Vásquez, joven escritor que ha plasmado en estas páginas su visión personal de una sociedad que se desmorona y se reconstruye sobre sus escombros, siempre en el camino errado.
Ya desde el título el autor nos anuncia que sus historias pueden no solo golpearnos sino también ponernos a pensar (el terrible y verdadero poder de la literatura), en que estamos asistiendo al fin de una época donde los valores poco o nada importan, haciendo referencia a personajes clave como el Holden Caulfield de Salinger (y de ahí también los violentos y precisos desenlaces de sus tramas).
Si la desesperanza es una de las características de una juventud rebelde y ansiosa por gritar su libertad a los cuatro vientos, es también esa misma rebeldía la que la transforma en un elemento vital dentro de una sociedad cuyos cambios son constantes; y es que Cuentos infames no es sólo una colección de cuentos: es una pintura oscura de la sociedad en que vivimos. Un libro que anuncia nuevas y esperadas entregas.

CUENTOS INFAMES se presentará este lunes 12 de septiembre a las 7:00 pm en el Jazz Zone (Av. La Paz 665, pasaje El Suche, Miraflores). Los comentarios estarán a cargo del literato y crítico Jonathan Timaná y Gabriel Rimachi Sialer Ed.
El ingreso es libre (capacidad limitada).


25 agosto 2011

El libro de los pájaros negros (Edición limitada, sólo para lectores exigentes)


Fantásticos, realistas, decadentes, orientales... ¿Cómo catalogar los cuentos de este libro? Personajes extraños, ambiguos y deformes junto a otros de extrema belleza corporal habitan en estas páginas. No cabe duda, lo polifacético en Jorge Casilla es sobresaliente, y es precisamente esta virtud la que convierte a este conjunto de cuentos en una aventura que golpeará sin piedad al lector desprevenido. Once cuentos caleidoscópicos agrupados en tres secciones nos remiten a un contexto donde la lógica no se cumple, donde el amor es una enfermedad mental y donde todos conviven rumiando sus traumas que, al no ser superados, desembocan en tragedias.
Catarsis personal, el escritor nos advierte: “Yo, por mi parte, me siento contento de haber hecho sufrir a mis personajes”. Casilla ha creado un mundo donde la venganza es un tema central, y donde el lector termina siendo vengado.

Un cuento de este libro AQUI


08 julio 2011

Rockola sentimental - FIL Lima 2011!!!!


Clash City Loose/ novela
Fernando Sarmiento
296 pág.
Precio: S/.35
Clash City Loose es un manual de todo lo que no debes hacer cuando tu novia te deja.
“A Lucía la despedí con “One”, de Aimee Mann; Maribel me anunció el pronto adiós mientras en mi casetera tronaba “Today”, de Smashing Pumpkins; Carla se alejó bajo el amparo de “Stuck in a Moment”, de U2; y, finalmente, Verónica me colgó el teléfono cuando en mi equipo corría “No Fun”, de The Stooges”. Fernando Sarmiento ha construido un pentagrama de novela que retrata, con sutil maestría, a una sociedad que devora a sus personajes utilizando elementos del video, la violencia callejera, el cómic gótico, el periodismo amarillo, la noticia manipulada en los medios, la soledad en medio del bullicio callejero, pero sobre todo la música, porque aquí todo es musical, porque esta historia, con toda seguridad, puede contener el soundtrack de tu vida.


Novedades feriales - FIL 2011!!!!

Sol de Tokio / novela
Francisco Joaquín Marro
356 pág.
S/.35

Francisco Joaquín Marro se presenta como un novelista atípico en su generación. Su ópera prima, "Sol de Tokio", es una sátira sobre la literatura peruana de los últimos 20 años, especialmente sobre los típicos clichés del "Bildungsroman" o novelas de iniciación adolescentes. En ella, dos personajes protagónicos, de dos épocas distintas, hacen un recorrido intelectual-existencial cargado de cinismo, irreverencia, descontrol, humor y exceso; con un lenguaje literario que va desde lo útil y convencional hasta el lenguaje decimonónico, haciendo también uso del collage y las meta-referencias a los fenómenos más saltantes de la cultura pop extra-literaria.
Esta no es, por tanto, una novela complaciente, sino todo lo contrario: nos muestra lo que hay tras bambalinas del discurso oficial, de la libertad de expresión y de la democracia. Con su cinismo y aparente celebración de lo "pop", el autor rasga el velo que cubre nuestra tan celebrada “bonanza económica” y nos muestra, como en una autopsia “al paso”, los tumores de la democracia peruana del siglo xxi.
Frívola, sexy, cínica, mordaz; fresca e irreverente como un episodio de "South Park" o "Jersey Shore", "Sol de Tokio" hiere mortalmente a la contracultura utilizando sus mismas armas, cual si fuera un doble agente encubierto; y nos muestra la mediocridad cultural que nos rodea a través de un recurso poderoso: un corrosivo humor que ataca a todos por igual. Fascistas, socialistas, liberales, feministas, punks, homosexuales, católicos, artistas, políticos y demócratas arden por igual en el infiernillo que resultan las páginas de esta demoledora ópera prima. Por eso, para los que gusten de las películas de Sacha Baron Cohen y de las novelas de Michel Houellebecq, “Sol de Tokio" es una alternativa muy recomendable. Porque, hasta el momento, es la novela más "políticamente incorrecta" de la temporada.


30 junio 2011

Tour de force: entrega gratuita para los lectores


Invitado por Alex Alejandro a participar del singular proyecto "Literatura en PDF", que convierte el papel en bites, la web OhCultos lanza esta noche la edición digital de una serie de cuentos, ya publicados en edición impresa, que he reunido bajo el título de "Tour de force". Se trata de una selección de cuentos que he ido escribiendo a lo largo de estos años y que han salido en "Canto en el infierno", "El color del camaleón", y algunas revistas universitarias. Espero lo disfruten, lo comenten, y lo compartan: la descarga es gratuita.

Para acceder al libro, pincha AQUI (y luego en la foto del libro, y listo).

13 mayo 2011

Narrativazul: un espacio donde todos están invitados


Con la finalidad de crear más espacios para la narrativa, el Bar Cultural Yacana y Azul editores unen fuerzas para organizar cada 2 semanas Narrativazul: cuentos, música y conversa. Cada escritor tendrá en Narrativazul 20 minutos para compartir dos cuentos, hablar sobre su proceso creativo y responder preguntas del público.
Tú también puedes participar, si escribes y tienes cuentos, no hay límite de edad. Cada autor leerá dos cuentos, cada uno de estos deberá tener una extensión de máximo 2 páginas escritas en arial 12 a espacio y medio o un máximo de 1000 palabras.
Debes enviar los textos a azuleditores1@gmail.com con el título narrativazul y una breve reseña personal. Los cuentos serán revisados y si eres seleccionado recibirás un correo electrónico anunciándote la fecha de tu participación.
ENTRADA LIBRE!!!!

Este viernes 13 de mayo empieza a las 7:30pm con Carlos Saldivar, Darío Carpio (Venezuela) y Javier Arévalo, en la parte musical estará Piero Montaldo.
Bar YACANA
Jr. de la Unión 892 Segundo piso - Cercado de Lima
Lima, Peru


29 abril 2011

C. E. Zavaleta o El viaje al reino de la letra memorable

Carlos Eduardo Zavaleta y su esposa (tomada del blog de Heduardo)

Por Róger E. Antón Fabián.

CUANDO MUERE UN ESCRITOR genuino, para quienes el cariño y la entrega al oficio literario se llevan en la entraña, sobre todo si se trata de un escritor de raza, sentimos como si fatalmente una parte nuestra se fuera con él. Es el terrible desenlace por el que algún remoto o cercano día tendremos que pasar a carta cabal, el sueño truncado de manera inexorable, sobre todo ese de anhelar escribir una obra que nos sobreviva. Carlos Eduardo Zavaleta ha muerto la mañana en que yo dictaba una clase de literatura y el mundo giraba tal cual, parece que seguirá tal; pero para mí es como si se hubiera detenido en un instante para ya adquirir otro tenor, quizá para siempre.
Podría decir que nos unía el hecho de ser oriundos casi de la misma tierra, ambos naturales de Ancash, que pasó su infancia en mi pueblo natal, en Chimbote, frente al mar, a tres casas de donde muchos años después yo tendría mi primera novia, que fue un escritor de la Generación del 50, un estudioso entusiasta de William Faulkner y James Joyce, que era el maestro que todo aspirante a escriba sanmarquino escuchaba con respeto y casi temor, que inspiraba sumisión literaria acaso por su sabiduría y talento narrativo, que había sido maestro universitario de Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique, –a quien manifestaba le puso libros de Ernest Hemingway en la mano y lo asesoró para que iniciara su carrera con su tesis universitaria y su primer libro de cuentos–, el escritor que como Ernesto Sábato abandonó una carrera de ciencias para adentrarse en el terreno literario, el temprano enamorado de Olga en Caraz, el alumno, egresado, bachiller, doctor, profesor sanmarquino, el traductor de T. S. Eliot, Pound y Joyce, el viajero incansable, el diplomático o el maestro que buscó un camino distinto del costumbrismo e indigenismo literario peruano, y, poseedor de un formidable talento y una extraordinaria sensibilidad humana, que supo expresar fehacientemente la excelencia cultural peruana. Así lo recuerdo.
Recibí la noticia a minutos de su fallecimiento por una llamada telefónica del poeta Ricardo Ayllón. A decir verdad, yo que tengo muy bien planteada la situación de la muerte, lo lamenté toda la tarde y aún habituado en quehaceres editoriales estuve sumergido en el recuerdo. Precisamente alguna vez a ambos nos contó como recorría pueblos enteros vendiendo libros, casi de casa en casa, en una actividad cultural digna de elogio. De temperamento inquisidor, también recuerdo a una pregunta mía su confesión, una anécdota sobre el escritor Ciro Alegría, entre otras que dejaré para mis memorias.
Nunca olvidaré su abrazo sincero y su afecto cuando me riñó porque mencioné a Camilo José Cela en el discurso de concesión del premio los Juegos Florales de San Marcos, me dijo que el autor de “La Colmena” había sido servidor de Franco, que lo fue. Aquella vez con el viejo querido Carlos Eduardo Zavaleta conversamos sobre Francisco Umbral y el Premio Nadal, que –enfatizó– "no era un Planeta, que lo podía ganar cualquiera". Lo conocí en Chimbote cuando yo aún no conocía Lima y me hice algunas fotografías con él que salieron publicadas en el Diario La Industria de Chimbote, cuando yo preparaba algunas entrevistas a renombrados escritores peruanos entre los que sin duda figuraba él en primera línea. Años después asistí a la clase de inauguración y bienvenida a la Universidad de San Marcos, impartida precisamente por él, y ya lo vi continuamente. Alguna vez con mi compañero de aula Ricardo Flores Gago, gran lector y explorador de joyas literarias, lo ayudé a escoger una edición de Joseph Conrad, en esas ferias de libros que se levantaban en la Facultad de Letras de la universidad en los inicios de los años noventa, porque sencillamente era como el padre mayor que dictaba el curso de Literatura norteamericana. Allí lo escuché hablar con pasión de Poe, Hemingway, Hawthorne, Melville, Twain, Thoreau y entre otros de Henry Miller (quizá el me recomendó ese texto que se llama “Los libros en mi vida”).
Al tiempo cuando yo había dejado ya la universidad, me enteré que vivía casi solo, que cientos o quizá miles de libros habían tomado posesión de casi todos los ambientes de su casa de Miraflores, y fueron muchas las veces que propuse a más de una institución que se realizara una larga entrevista temática y completa sobre su vida y su obra para conformar un libro singular, pero jamás salió a flote la aprobación del proyecto, pues bien hace algún tiempo antologué alguno de sus cuentos, y espero algún día realizar algún estudio sobre su obra narrativa y la evolución de la misma.
Una de las últimas entrevistas suyas que leí fue concedida a Axthedmio Mau Guil, publicada en un número de la revista Casa de Asterión y titulada "La rutina del fuego", donde el escritor ancashino habla de sus maestros, la técnica narrativa, las mujeres y la vida. Supe que buscaba que lo visitaran, y a decir verdad tuve la secreta esperanza, a pesar de que supuse que se encontraba muy delicado de salud, de su mejoría. En julio del 2010 le habían hecho un homenaje a cargo de la Asociación Capulí, Vallejo y su tierra, presidida por el escritor Danilo Sánchez Lihón, y hacía poco había dado el discurso de honor con motivo de otorgamiento de la medalla de honor sanmarquina a Mario Vargas Llosa por alcanzar el Premio Nobel de Literatura. Nada ni siquiera sus ochenta y tres vitales años hacían siquiera sospechar su muerte, siempre inoportuna.
Carlos E. Zavaleta (apliqué también esa E. a mi segundo nombre) quedará grabado en mi memoria con su recuerdo, ejemplo, amistad y afecto de maestro entrañable, cuando yo era un ratón de biblioteca en mi vieja universidad y él ya un maestro consagrado. Hacía poco acababa de morir Gonzalo Rojas a quien también conocí en la feria del libro de Lima, en este mes de las letras, tan aciago. Al parecer el exacto veintitrés es una suerte de coartada literaria en que se han ido muchos grandes como William Shakespeare, Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes, entre otros. Carlos Eduardo Zavaleta se marchó –a pesar de no coincidir en la fecha de despedida–, partió de este mundo, al reino de la letra memorable, y será siempre uno de los grandes, el mejor cuentista de todos los tiempos en el Perú.

© Róger E. Antón Fabián, es autor de la novela “El Paraíso Recuperado” (España).

27 abril 2011

Fallece el escritor y diplomático Carlos Eduardo Zavaleta

Lima. (dpa) - El escritor Carlos Eduardo Zaveleta, considerado uno de los principales exponentes de la literatura peruana en el Siglo XX, falleció el martes en Lima, a los 83 años, confirmaron hoy sus familiares.
Zavaleta falleció por causas naturales pese a que hasta hace poco se le veía en buenas condiciones. Incluso hace menos de un mes tuvo a su cargo el discurso en el homenaje que la universidad San Marcos, la decana de América, le rindió al Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa. El escritor, miembro de la prestigiosa "Generación del 50", destacó especialmente como cuentista. Sus relatos breves están contenidos en títulos como El Cristo Villenas, Vestido de luto, Muchas caras del amor, Niebla cerrada y la antología El fuego y la rutina.
También fue autor de novelas cortas como El cínico, Los Íngar y Los aprendices. En su producción hay muchas reminiscencias del mundo rural, en el que pasó gran parte de sus primeros años después de que naciera en el poblado andino de Caraz.
El trabajo de Zavaleta fue además muy importante como docente y crítico y se le considera como quien con más empeño introdujo en el Perú las obras del irlandés James Joyce y el estadounidense William Faulkner, a quienes dedicó sus principales estudios.
Vargas Llosa, por ejemplo, le agradeció públicamente siempre el haberlo acercado a esos autores en su juventud. "A él le debo, sin dudas, haberlos descubierto", escribió.
Asimismo, Zavaleta incursionó en la diplomacia y representó a su país en las embajadas de La Paz, Ciudad de México, Madrid y Londres.
El deceso del escritor causó impacto en el mundo intelectual peruano.

22 febrero 2011

CONGRESO DE LITERATURA FANTÁSTICA Y CIENCIA FICCIÓN

Durante tres días, 24, 25 y 26 de febrero, en el auditorio de la Casa de la Literatura Peruana se desarrollará el Congreso Nacional de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción. Esta actividad es coorganizada por la CASLIT y el Lic. Elton Honores, responsable de la convocatoria y organización de las mesas de este evento.
No es la primera vez que la Casa de la Literatura Peruana acoge este tema, ya desde el año pasado se han venido organizado coloquios y conversatorios sobre la literatura fantástica y la ciencia ficción, por este motivo la CASLIT se ha convertido en un escenario donde se ha permitido el diálogo, el debate y el aporte de nuevos estudios sobre esta temáticas poco investigada.
El mencionado Congreso contará con tres modalidades: la presentación de ponencias; la participación de escritores peruanos que cultivan el género fantástico y la ciencia ficción; y la presentación de libros de esta temática. Además habrá una exposición y venta de libros y revistas para el público.
La presentación de ponencias tiene un carácter internacional porque se revisará la temática de lo irreal en las letras mexicanas o argentinas. También se hablará sobre la obra de clásicos de este género en la literatura peruana como Clemente Palma, Abraham Valdelomar y más recientemente José B. Adolph, quien es considerado uno de los mejores cultivadores del cuento y la novela fantástica y de ciencia ficción. Asimismo se explorará esta veta literaria en autores tan disimiles como Manuel González Prada y Mario Bellatín.
Otro de los puntos interesantes de las disertaciones es que se examinará el género dramático de Juan Rivera Saavedra y la novela gráfica en Latinoamérica, como es el caso de El Eternauta. Por otro lado, habrá una mesa dedicada a la minificción en la Generación del 50, que aborda la temática fantástica. Finalmente en las mesas se presentarán temas de autores extranjeros que forman el canon de este tipo de literatura como H.P. Lovecraft o Stephen King.
Entre los ponentes tenemos a jóvenes investigadores como Judith Paredes, Juan Cuya, Jhonny Pacheco, Javier Suárez o Eduardo Lino , quienes provienen de instituciones como la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Pontificia Universidad Católica, la Universidad Nacional Federico Villarreal y la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. También participarán ponentes peruanos especialistas en el tema como Elton Honores, Daniel Salvo, Alexis Iparraguirre (también narrador), Raschid Rabí (filósofo, especialista en ciencia ficción y cómics) y el español David Roas (de quien se leerá un texto), todos ellos se han encargado de divulgar e investigar esta línea literaria de las letras peruanas y extranjeras.
Las mesas de escritores estarán conformadas por reconocidos representantes de esta temática como: Carlos Calderón Fajardo, José Güich, Enrique Prochazka, José Donayre, César Silva Santisteban y César Herrera. A ellos se suma la participación de jóvenes escritores como: Jeremy Torres, Yeniva Fernández, Augusto Murillo de los Ríos, Carlos E. Freyre y Julio Meza Díaz, quienes disertarán sobre su relación con el género fantástico.
Se presentará el libro Mundos imposibles. Lo fantástico en la narrativa peruana de Elton Honores, uno de los grandes aportes a la investigación literaria, pues aunque se centra en la narrativa de la Generación del 50, se rescata autores, se desarrollan postulados teóricos, presenta una amplia bibliografía y se plantea un canon literario de la literatura fantástica peruana que iniciaría su cultivo en el siglo XIX. Esta publicación es hasta el momento el mayor panorama de la literatura fantástica en nuestras letras. Los presentadores serán los críticos Santiago López Maguiña, Marcel Velázquez y el escritor César Silva Santisteban.
El otro libro a presentarse es único en su temática. Los que moran en las sombras. Asedios al vampiro en la narrativa peruana, es un texto elaborado por Elton Honores y Gonzalo Portals. Con la edición de este texto se empieza a llenar uno de los vacíos en los estudios literarios peruanos como es el tema del vampirismo.
El último día del congreso, 26 de febrero, habrá una exhibición y venta de libros y revistas de literatura peruana: Cuerpo de la Metáfora Editores, Tinta Expresa, Ínsula Barataria, Ajos & Zafiros, Argonautas, Ediciones SM, Estruendomudo, Editorial Casatomada, TXT Revista de creación, El Horla Fanzine, entre otros.

El ingreso a todas las actividades es libre.

18 enero 2011

Cuando los escritores atraen al turismo

Un amigo que acaba de llegar de Europa me hizo notar que, al buscar información sobre el Perú en la web Life the Food an national edition, encontró en el primer párrafo de la promoción turística, el nombre de algunos de nuestros más representativos escritores (cosa curiosa pues lo primero que uno se imagina es el nombre de Gastón, que bien merecido lo tiene). Así que, leyendo los nombres, encontramos a nuestro querido amigo, el escritor Siu Kam Wen.
Dice la nota publicitaria:



Reading Your Way to Machu Picchu

By Claire
South America is the birthplace of Magical Realism with great authors of the 20th Century including Gabriel Garcia Marquez, the poet Cesar Vallejo, and Roberto Bolano. Peruvian artists and writers to be reckoned with are Cesar Vallejo, Mario Vargas Llosa, and younger authors Alonso Cueto, Jaime Bayly, and Siu Kam Wen.

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15 septiembre 2009

Un cuento de Ribeyro (IMPERDIBLE)


Hace muchos años, mientras conversábamos sobre los mejores inicios del cuento que podríamos utilizar, nos dimos cuenta que el mejor inicio (yo voté por el de Conversación en la catedral, de Vargas Llosa, pero luego de leerlo entré en dudas sostenibles) leímos este texto que es básico para poder comprender el desarrollo de la literatura nacional. Hace una semana, Ribeyro hubiera cumplido 80 años, y en este blog, Ribeyreano desde siempre, cometimos el error de no postear nada debido a un viaje imprevisto. Pues bueno, acá los dejamos con un clásico, acaso el mejor cuento de Ribeyro para algunos, pero incuestionablemente el mejor inicio de un cuento universal, donde la poesía y la prosa se funden para dar a conocer un entorno tan cruel como poéticamente hermoso. Espero lo disfruten y, sobre todo, lo comenten:


LOS GALLINAZOS SIN PLUMAS


A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos, macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro, armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.
A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear:
–¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!
Los dos muchachos corren a la acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con la tranquilidad de la noche el agua se ha remansado y en su fondo transparente se ven crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios. Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al chiquero y con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los desperdicios.
–¡Todavía te falta un poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.
Efraín y Enrique se demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo piedras, de aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo aún la hora celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes que desemboca en el malecón.Ellos no son los únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se han levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a veces sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse forman una especie de organización clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean por los edificios públicos, otros han elegido los parques o los muladares. Hasta los perros han adquirido sus hábitos, sus itinerarios, sabiamente aleccionados por la miseria.
Efraín y Enrique, después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera de la calle. Los cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos íntegramente y luego comenzar la exploración. Un cubo de basura es siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos de pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesa los restos de comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe cualquier cosa y tiene predilección por las verduras ligeramente descompuestas. La pequeña lata de cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas salsas que no figuran en ningún manual de cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo valioso. Un día Efraín encontró unos tirantes con los que fabricó una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el acto. Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes, las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que colecciona con avidez.
Después de una rigurosa selección regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene demorarse mucho porque el enemigo siempre está al acecho. A veces son sorprendidos por las sirvientas y tienen que huir dejando regado su botín. Pero, con más frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y entonces la jornada está perdida.Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.Don Santos los esperaba con el café preparado.
–A ver, ¿qué cosa me han traído?Husmeaba entre las latas y si la provisión estaba buena hacía siempre el mismo comentario:
–Pascual tendrá banquete hoy día.Pero la mayoría de las veces estallaba:
–¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se morirá de hambre!Ellos huían hacia el emparrado, con las orejas ardientes de los pescozones, mientras el viejo se arrastraba hasta el chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruñir. Don Santos le aventaba la comida.
–¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no te engríen como yo. ¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!
Al comenzar el invierno el cerdo estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le parecía poco y don Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a levantarse más temprano, a invadir los terrenos ajenos en busca de más desperdicios. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que estaba al borde del mar.
–Allí encontrarán más cosas. Será más fácil además porque todo está junto.
Un domingo, Efraín y Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una huella de tierra, descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el malecón, el muladar formaba una especie de acantilado oscuro y humeante, donde los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas. Desde lejos los muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retiró aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos comenzaron la exploración. A veces, bajo un periódico amarillento, descubrían una carroña devorada a medios. En los acantilados próximos los gallinazos espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra, como si quisieran acorralarlos. Efraín gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en el desfiladero y hacían desprenderse guijarros que rodaban hacía el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los cubos llenos.
–¡Bravo! –exclamó don Santos–. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.
Desde entonces, los miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el muladar. Pronto formaron parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos, acostumbrados a su presencia, laboraban a su lado, graznando, aleteando, escarbando con sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la preciosa suciedad.
Fue al regresar de una de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie. Un vidrio le había causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no obstante lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron no podía casi caminar, pero Don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un hombre gordo que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.
–Dentro de veinte o treinta días vendré por acá –decía el hombre–. Para esa fecha creo que podrá estar a punto.
Cuando partió, don Santos echaba fuego por los ojos.
–¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual! El negocio anda sobre rieles.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no se pudo levantar.
–Tiene una herida en el pie –explicó Enrique–. Ayer se cortó con un vidrio.
Don Santos examinó el pie de su nieto. La infección había comenzado.
–¡Esas son patrañas! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
–¡Pero si le duele! –intervino Enrique–. No puede caminar bien.
Don Santos meditó un momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.
–Y ¿a mí? –preguntó dándose un palmazo en la pierna de palo–. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo tengo setenta años y yo trabajo... ¡Hay que dejarse de mañas!
Efraín salió a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora después regresaron con los cubos casi vacíos.
–¡No podía más! –dijo Enrique al abuelo–. Efraín está medio cojo.Don Santos observó a sus dos nietos como si meditara una sentencia.
–Bien, bien –dijo, rascándose la barba rala, y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó hacia el cuarto–. ¡Los enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!
Cerca del mediodía Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño visitante: un perro escuálido y medio sarnoso.
–Lo encontré en el muladar –explicó Enrique– y me ha venido siguiendo.
Don Santos cogió la vara.–¡Una boca más en el corralón!
Enrique levantó al perro contra su pecho y huyó hacia la puerta.
–¡No le hagas nada, abuelito! Le daré yo de mi comida.
Don Santos se acercó, hundiendo su pierna de palo en el lodo.
–¡Nada de perros aquí! ¡Ya tengo bastante con ustedes!
Enrique abrió la puerta de la calle.
–Si se va él, me voy yo también.
El abuelo se detuvo. Enrique aprovechó para insistir:
–No come casi nada..., mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo, me ayudará. Conoce bien el muladar y tiene buena nariz para la basura.
Don Santos reflexionó, mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la vara, cogió los cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.
Enrique sonrió de alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.
–¡Pascual, Pascual... Pascualito! –cantaba el abuelo.
–Tú te llamarás Pedro –dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde Efraín.
Su alegría se esfumó: Efraín inundado de sudor se revolcaba de dolor sobre el colchón. Tenía el pie hinchado, como si fuera de jebe y estuviera lleno de aire. Los dedos habían perdido casi su forma.
–Te he traído este regalo, mira –dijo mostrando al perro–. Se llama Pedro, es para ti, para que te acompañe... Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el día. Le enseñarás a que te traiga piedras en la boca.
–¿Y el abuelo? –preguntó Efraín extendiendo su mano hacia el animal.
–El abuelo no dice nada– suspiró Enrique.
Ambos miraron hacia la puerta. La garúa había empezado a caer. La voz del abuelo llegaba:
–¡Pascual, Pascual... Pascualito!
Esa misma noche salió luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se ponía intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón, hablando solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos se aproximaba al cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se acurrucaba y quedaba inmóvil como una piedra.
–¡Mugre, nada más que mugre! –repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.
A la mañana siguiente Enrique amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada, no dijo nada. En el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique enfermaba, ¿quién se ocuparía de Pascual? La voracidad del cerdo crecía con su gordura. Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del corralón de Nemesio, que vivía a una cuadra, se habían venido a quejar.
Al segundo día sucedió lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la mañana lo sorprendió temblando, quemado por la fiebre.
–¿Y tú también? –preguntó el abuelo.Enrique señaló su pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos después regresó.
–¡Está muy mal engañarme de esta manera! –plañía–. Abusan de mí porque no puedo caminar. Saben bien que soy viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo y me ocuparía yo solo de Pascual!
Efraín se despertó quejándose y Enrique comenzó a toser.
–¡Pero no importa! Yo me encargaré de él. ¡Ustedes son basura, nada más que basura! ¡Unos pobres gallinazos sin plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está fuerte todavía. ¡Pero eso sí, hoy día no habrá comida para ustedes! ¡No habrá comida hasta que no puedan levantarse y trabajar!
A través del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora después regresó aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo había ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.
–¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!Al día siguiente trató de repetir la operación, pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo había perdido la costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que daba era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del tercer día quedó desplomado en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.
–¿Si se muere de hambre –gritaba– será por culpa de ustedes!
Desde entonces empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y después de hacer un recorrido por el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces. A mediodía se arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito creyendo así hacer más refinado su castigo.Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo extraño y al mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo y salía al corralón. A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por último reingresaba en su cuarto y quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído decir que los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los hombres. El abuelo permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no salió al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la puerta. Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un rugido:
–¡Arriba, arriba, arriba! –los golpes comenzaron a llover–. ¡A levantarse haraganes! ¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!...
Efraín se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo parecían fascinarlo hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin pudo reaccionar.
–¡A Efraín no! ¡El no tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!El abuelo se contuvo jadeante. Tardó mucho en recuperar el aliento.
–Ahora mismo... al muladar... lleva los dos cubos, cuatro cubos...Enrique se apartó, cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la convalecencia lo hacían trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso seguirlo.
–Tú no. Quédate aquí cuidando a Efraín.
Y se lanzó a la calle respirando a pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas, estuvo a punto de mascar la tierra. Todo lo veía a través de una niebla mágica. La debilidad lo hacía ligero, etéreo: volaba casi como un pájaro. En el muladar se sintió un gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron rebosantes emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas descalzos, todas las secreciones del alba comenzaban a dispersarse por la ciudad. Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo de perros y fantasmas, tocado por la hora celeste.
Al entrar al corralón sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si allí, en el dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado al borde del chiquero, miraba hacia el fondo. Parecía un árbol creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.
–¡Aquí están los cubos!
Don Santos le volvió la espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió intrigado hasta el cuarto. Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:
–Pedro... Pedro...–¿Qué pasa?
–Pedro ha mordido al abuelo... el abuelo cogió la vara... después lo sentí aullar.
Enrique salió del cuarto.
–¡Pedro, ven aquí! ¿Dónde estás, Pedro?
Nadie le respondió. El abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo un mal presentimiento. De un salto se acercó al viejo.
–¿Dónde está Pedro?
Su mirada descendió al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún quedaban las piernas y el rabo del perro.–
¡No! –gritó Enrique tapándose los ojos–. ¡No, no! –y a través de las lágrimas buscó la mirada del abuelo. Este la rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa, gritando, pataleando, tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
–¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?
El abuelo no respondía. Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde allí Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la mano encontró la vara que tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al viejo.
–¡Voltea! –gritó–. ¡Voltea!Cuando don Santos se volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su pómulo.
–¡Toma! –chilló Enrique, y levantó nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi arrepentido. El viejo, cogiéndose el rostro, retrocedió un paso, su pierna de palo tocó tierra húmeda, resbaló, y dando un alarido se precipitó de espaldas al chiquero.
Enrique retrocedió unos pasos. Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se fue aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el fango. Tenía la boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se había refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se fue retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo alcanzó a divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.
–¡A mí, Enrique, a mí!...
–¡Pronto! –exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano–. ¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha caído al chiquero! ¿Debemos irnos de acá!
–¿Adónde? –preguntó Efraín.
–¿Adonde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!
–¡No me puedo parar!Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.
Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla.