17 marzo 2008

Autor de Editorial Casatomada en Proyecto Quipu


SOBRE EL PROYECTO
Para la primera edición quincenal de esta nueva etapa de Quipu, se recibieron seis decenas de textos de jóvenes autores (no todos llegaron a ser revisados, muchos de ellos se juntarán con otros cincuenta textos llegados en los últimos quince días). Los jurados encargados de esta primera selección fueron Javier Gárvich y Ernesto Carlín, quienes eligieron de común acuerdo los dos cuentos enviados por Julio Meza, subrayando sobre todo uno de ellos, “El árbol”.
SOBRE EL AUTOR
Julio Meza (Lima) tiene veintisiete años, es un abogado graduado en la PUCP que ahora se dispone a estudiar literatura en esa misma universidad. Ha publicado un libro de cuentos, Tres giros mortales, en la editorial Casatomada. Administra un blog de crítica de rock llamado Atrapa la Luz (http://www.atrapalaluz.blogspot.com/). No está de más decir que Julio Meza también apareció en la antología de literatura bizarra, Abofeteando a un cadáver (Bizarro ediciones, 2007) con el cuento Libertad violada.
EL CUENTO GANADOR
EL ÁRBOL
Al este de un cielo de nubes blanquecinas, el sol se levantaba con su característico vigor matutino (parecía un hombre luminoso que se despereza exhibiendo una panza abultada) y, con su fuerza natural, lanzaba sus rayos amarillos que producían iridiscencias en las rocas de los cerros imponentes. Varios metros más abajo, en el pueblo, las tejas rojizas y las ventanas de las fachadas brillaban por el emerger de la mañana, y estos pequeños resplandores formaban raras constelaciones que podían verse desde las lejanías. En la plaza, la iglesia mayor proyectaba una sombra alargada, que aumentaba de tamaño hasta atravesar el asfalto, ingresar al jardín central y refrescar la banca de madera que acogía a un mendigo. A una cuadra, en la calle que conducía al río de aguas tranquilas, se encontraban las casas de las personas más pudientes, y, por ello mismo, el sector más cuidado y agradable de todo el valle. Una de esas construcciones, que se ubicaba en una esquina concurrida, era la del señor, un hombre de edad avanzada, pero con un cuerpo tan recio que daba la idea que los años, en vez de afectarle, le habían dado una fibra invencible. Frente a su puerta principal, por donde recibía las visitas de sus pares, se ubicaba el resultado de las décadas completas que había llevado en ese lugar: un árbol de raíces profundas, tronco grueso y firme, y ramas y hojas de una gran abundancia.-¡Cuánto se demora este bruto! -dijo el señor, saliendo a la vereda para buscar al jardinero.A una centena de metros, el jardinero venía caminando lentamente, como si reflexionara con paciencia antes de dar cada paso. Sobre su espalda encorvada, y en una bolsa de rafia, llevaba sus herramientas de trabajo, algunas ropas y un frasco con gasolina. “Pero qué rico”, pensó, luego de sentir el calor del ambiente en su cuerpo, y se puso a silbar. La melodía que brotaba de sus labios era en apariencia alegre, pero tenía una corriente subterránea que la tornaba melancólica y, en algunos momentos, hasta vertiginosamente triste. Por más que se esforzó (puso un dedo en su boca y junto los dientes), no logró evitar el aire oscuro de su música. “Parece que mi interior me manda un mala señal”, caviló, y, sin embargo, continuó soplando con ritmo.Luego de pasar por una bocacalle, vio al señor, que exhibía un rostro de exasperación, y recién avanzó con rapidez, pues entendió que estaba llegando tarde. “Uy, el señor está amargo, creo”, pensó.Ya delante de su patrón, bajó sus cosas y saludó con verdadero cariño:
- Señorcito, buenos días. ¿Cómo se encuentra hoy?
-A ti que te importa cómo estoy -respondió el señor, agresivamente-. Debiste aparecer hace media hora.
-Sí, señorcito -dijo el jardinero, bajando la cabeza-. Pero no se moleste. Al fin y al cabo, he llegado ya, ¿no?… Dígame, ¿para qué soy bueno?
-Primero, la próxima preséntate más temprano -manifestó el señor-, porque de lo contrario no te daré ningún encargo -y, relajando su mal carácter, señaló el árbol-. Bueno, ¿ves a ese?
-Sí.-Deseo que lo hagas caer.
-Pero… -dijo el jardinero, mirando el árbol por un momento- ese está sano y fuerte. ¿Por qué quiere que lo baje?
-¡A ti qué te interesan mis razones! -el señor volvió a encolerizarse-. ¡Sólo córtalo!
-Como desee, entonces -aceptó el mandado el jardinero -. Lo haré lo más pronto que pueda.
-Espera -agregó el señor, rascándose la cabeza-. Si te lo cuento, tal vez trabajes con más ganas.
-A ver, señorcito.
-Mira, sucede que mi mujer está muy enferma -se explicó el señor-. Ella cree que va a morirse. Pero considera que eso no sucederá hasta que cante un ave de mal agüero. Y en el único lugar en que se puede colocar dicho animal es en ese árbol. Por lo tanto, mientras no exista esa planta fregada, ningún pájaro se hará escuchar.
-Entiendo, señorcito -dijo el jardinero, respetuosamente.
-Bueno, ahora me voy -finalizó el señor-. Tú ya sabes cuál es tu trabajo.
Mientras se retiraba el señor, el jardinero se paró delante del árbol y lo observó con atención: bajo el sol intenso, tenía un aire majestuoso y superior, como de alguien importante. “Además”, pensó él, “parece de ánimo duro y voluntad terca, igual que un señorón de esos”. De inmediato, el jardinero se acobardó, y contrajo el cuerpo hasta juntar la quijada con el pecho. Su meditación le indicaba que debía mostrar respeto, pues no estaba tratando con un igual. Pero, luego de unos segundos, cuando se dio cuenta que estaba frente a un árbol, se irguió por completo, se colocó en posición de pelea, y dijo en tono desafiante: -No me vencerá ni con su porte de señor ni con nada… ¡Y, por último, no permitiré que le haga daño a la señora!Desde la perspectiva del jardinero, el árbol pareció responder a sus palabras: se agitó ligeramente, como si se estuviera riendo ante su amenaza.
***
-Ha llegado su fin, señor árbol -se animó el jardinero, levantando la tijera de podar-. Ahora sabrá de mi oficio. Con una minuciosidad de artista, y sobre su escalera de tablas, empezó cortando las ramas más pequeñas. Para alguien no avisado, daba la sensación de estar realizando una labor de peluquería, pero trasuntada a los oficios que requieren las plantas. Luego de varios minutos, cuando terminó con su tarea, y dejó al árbol sólo con su enramado grueso, tomó el machete y, con golpes secos, acabó por tirar abajo esos brazos marrones y tortuosos. Ya con la cara y el pecho manchados de tierra, descendió al suelo, y procedió a alistarse para el trabajo más arduo: quebrar el tronco. Empuñando el hacha con ambas manos, taló una y otra vez, deteniéndose a ratos para secarse la frente o beber agua de una botella de vidrio. Media hora después, cuando estuvo a punto de concluir (sólo faltaban tres o cuatro hachazos), cogió la soga y, con mucha precisión, la envolvió a un lado del tronco. A continuación, tiró con potencia, hasta que, tras el grito “¡cuidado abajo!”, el árbol cayó vencido, desplomándose en su integridad.
-Le dije que acabaría con usted -soltó el jardinero, dibujando una media sonrisa-. Ahora, pues, le verá el señor. Mientras tanto, el sol seguía gobernando con ímpetu, lanzando sus rayos como si estuviera dando su bendición a todos los seres existentes. En respuesta, las flores abrían sus pétalos de colores, invitando a que cayera en su interior un poco de la energía dorada que se desperdigaba por el campo; y los animales, con una alegría que manifestaba éxtasis, jugaban desplazándose de un lugar a otro y produciendo una bulla disonante pero feliz. Más allá, sin embargo, un conjunto de nubes albas, que poco a poco se volvían de un gris espectral, acechaban como fantasmas, y expandían su sombra tensa por algunos bastos territorios. A su vez, el viento, al que parecía fastidiarle la claridad del día, exhalaba hacia el este, ora con suavidad, ora con una potencia desgarradora, y, lentamente, desplazaba a los copos blancos del cielo a su encuentro con el astro rey. Avanzando sin apuro, el jardinero se acercó a la casa y tocó la puerta. De inmediato, el señor se asomó y preguntó qué deseaba.
-Ya he acabado, señorcito -dijo el jardinero, con tono alegre-. Puede decirle a su señora que esté tranquila. Nada le va a pasar.
-Oye, ¿pero tú estás bruto? -se molestó el señor y, estirando un dedo, indicó-. ¡El árbol sigue allí!
-¿Qué? -se impresionó el jardinero, volviéndose-. Pero si hace un rato…
-¡Cumple con tu tarea, so vago! -concluyó el señor, y lanzó la puerta.
Estupefacto, el jardinero le puso los ojos al árbol con una cólera ardiente: este se hallaba con su tronco intacto, sin ninguna rama quebrada y con su mechón de hojas llenas de una vida arrogante.
-No me la va a hacer -reventó el jardinero, colérico-. ¡A mí no me la va a hacer!
***
En las alturas, el viento, que había soplado con una fuerza liberada, empujó las nubes a lo largo de varios de kilómetros y, habiendo logrado su propósito inicial, oscureció el ambiente de tal forma que todo se tiñó de una coloración ceniza. Las nubes, con su naturaleza ahora abultada y negra, expedían relámpagos incesantes y provocaban la sensación que, de un momento a otro, iban a explotar definitivamente. El sol, del que ya sólo se podía observar cierto resplandor y algunas de sus lanzas brillantes, moría sin luchar y estático, como si le hubiera sido suficiente su breve reinado.
-Con que sí, ¿no? -dijo el jardinero, destilando amargura. Con movimientos presurosos, se sacó la chompa y el polo, y se amarró una faja de cuero alrededor de la cintura. Sin esperar un instante, cogió su hacha y, furiosamente, golpeó el árbol en su base. Repitió este acto numerosas veces, sin descanso ni para tomar un suspiro, hasta que logró dejar al aire libre el centro mismo del tronco. “Tendrá que derrumbarse”, pensó el jardinero, dirigiéndose al árbol. “A las buenas o a las malas”. Prosiguió con rabia cada vez más intensa, como si, en un arranque de locura, estuviera asestándole cuchillazos homicidas a una víctima que estuviera a punto de fenecer. Luego de uno minutos, con su entorno lleno de astillas de madera, el árbol empezó a inclinarse hacia la izquierda. Dejando la cuerda que uso anteriormente a un lado, lanzó terribles puntapiés contra la corteza pelada, y, rechinando estremecedoramente, el árbol se derrumbó.
-¡Le dije que no podría conmigo! -se exaltó el jardinero-. ¡Se lo dije!
Para que no haya duda de su logro, siguió asestándole tajos al árbol caído. Con el rostro y la espalda húmedos de sudor caliente, le dio duro a las ramas, casi sin distinguir las que eran pequeñas de aquellas de mayor tamaño. En quince minutos, y exhibiendo unos dedos encallecidos, tuvo a sus pies un enorme montículo verde y castaño. A continuación, aprehendió otro instrumento (una sierra), y prosiguió con el tronco desnudo. Sin conmoverse por la savia que se derramaba a manera de sangre, hirió progresivamente el cuerpo tendido, hasta sacar la primera rodaja de madera. Tres cuartos de hora después, no existía tronco, sino una docena de trozos circulares. “Aquí no acaba la cosa”, le dijo al árbol, mentalmente, mientras jadeaba de cansancio. “Sólo ha comenzado lo bueno”. Con el hacha, y ya gastando las últimas energías que le restaban, destrozó las mencionadas piezas y, como si fuera a prender una fogata, acumuló leña en grandes cantidades.
-¿Quién es el señor, pues? -dijo el jardinero, completamente cansado, pero orgulloso-. ¡Ahora dime quién es el señor!
-A quién le hablas, loco de mierda -gritó el señor, desde el interior de su casa. El jardinero se volteó y, dirigiéndose al señor con un tono triunfante, le anunció:
-¡Ya terminé! ¡Venga usted a ver cómo quedó!El señor abrió la puerta y quedó callado, como si estuviera pensando la manera más punzante de responder un insulto.
-¡Tarado! -soltó por fin, y agregó, con la mirada ardiente: -¡Pero si allí esta el árbol! ¡Acaso tratas de reírte de mí!
Estupefacto, el jardinero dirigió su cabeza hacia atrás y, con las articulaciones temblorosas, se encontró con el árbol íntegro, tan igual como lo había visto a su llegada.
-¡Carajo, termina de una buena vez o ya no querré más tus servicios! -indicó el señor, y se marchó golpeando la puerta. El jardinero, jalándose de las crenchas, gritó:
-¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No le dejaré vencer! ¡No!
***
Explotando por un frenesí agresivo que le enfermaba la cabeza, el jardinero no reflexionó un momento, sólo se dejó llevar por el mero arranque del impulso, y empezó a empapar el árbol con la gasolina que tenía en una botella. Mojó la parte más expuesta, desde las zonas visibles de las raíces, hasta el tronco que se perdía por las ramas entreveradas. Como su pulso era descontrolado (no aguantaba la irritación que le producía haber sido derrotado dos veces por el árbol), manchaba el suelo y sus propios pies calzados con sandalias. Finalmente, empapó un trapo y, llevado por un afán piromaniaco, lo encendió con fósforos y lo arrojó al árbol. Este ardió como una antorcha gigante y crepitó sin cesar, expulsando densas humaredas negras.
-¡Le derroté! -saltó de alegría el jardinero-. ¡Ahora sí le derroté! -y se puso a reír con carcajadas enajenadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju! El sol había desaparecido por completo, sin dejar siquiera un modesto rastro de su presencia. Las nubes, que eran las nuevas gobernantes del cielo, lucían un negro intenso y, además de reventar en fragorosos espasmos de luz, echaban rayos como si fueran brujos vengativos. El viento, perdiendo toda coordinación, soplaba a mansalva, entreverándose en desorden y careciendo de un sentido claro. De un momento a otro, se escuchó un tronar más fuerte que todos lo anteriores, y, por un instante, se vivió una atmósfera paralizada, como si el tiempo se hubiera detenido en una fotografía. Y, con violencia, llovió.
-¡No! -chilló el jardinero-. ¡No se liberará de esta!Las llamas del árbol, que habían crecido considerablemente, empezaron a apagarse, y el humo brotó en espirales como una serpiente encantada de su canasta. El jardinero, sin esperar un segundo, y con movimientos torpes por la desesperación, echó más gasolina, y, por casualidad, se empapó el pecho y las piernas.¡No le dejaré ganar! ¡No! -aulló, y, sin ninguna razón, volvió a lanzar risotadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!En seguida, prendió fuego. El árbol se envolvió en llamas, pero no con el mismo brío de antes. Con los ojos desorbitados, el jardinero se puso a silbar, como lo hizo al principio del día. Pero ahora, acompañado de su música, también bailó, dejando huellas largas sobre el barro. Su tonada era exaltada, y hacía referencia a un triunfo supremo y una alegría espiritual. Era una melodía propia de fiestas carnavalescas, pues estaba compuesta de partes jubilosas y de un ánimo lujurioso. Pero, en lo profundo, tenía un aire lúgubre, que indicaba la melancolía que produce la proximidad de la muerte. Sonaba como el anuncio festivo y resignado de alguien que, pese a sus esfuerzos sobrehumanos, fallecerá.El jardinero bajó mecánicamente la cabeza y, sin sorprenderse, descubrió que tenía la bota de su pantalón encendida. Ya sin cordura, se bañó con lo que restaba de gasolina, mientras expedía a grandes aullidos:- ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!Y, con el cuerpo en fuego a lo bonzo, gritó-: ¡Así usted morirá! ¡Morirá!Y corrió a abrazarse al tronco del árbol: fuego y fuego se unieron y, hasta consumirse, no se apagaron.
***
No pasó mucho (de dos a tres horas) para que las nubes se desgastaran en su trance líquido, pues, a medida que evacuaban agua, se consumían al igual que cuerpos afectados por la hambruna. En un momento dado, desaparecieron del horizonte, y se presentó, con un aura renovada, quien gobernaba en un principio: el sol. Este, despidiendo su luz brillante, impartió una vida nueva a la atmósfera, que se mostró caliente y acogedora como una madre. El viento, por su lado, se relajó por completo, y únicamente se hacía sentir a manera de una brisa fresca que relaja los rostros y mueve con sutileza las cosas dóciles.El señor salió de su casa y se encontró con una escena pavorosa: desperdigadas por el piso, había un hacha, una sierra, una soga, un recipiente y una tijera de podar; más allá, un cuerpo calcinado, que sólo mostraba como piezas intactas sus dientes blancos, se exhibía con un gesto furioso y tenso; y, al lado, el árbol se levantaba íntegro y con la vida lozana del que ha renacido.
-Pero… -se dijo el señor, sorprendido-. ¿Pero qué ha pasado?De pronto, un ave negra se posó sobre una de las ramas gruesas del árbol. El señor, que la había visto llegar, cogió algunas piedras e intentó espantarla.
-¡Fuera! -decía-. ¡Fuera, monstruo! Sin hacerle caso al señor, el ave negra abrió el pico y, haciendo primero unos gorgoritos, cantó con una sencillez sublime. Luego, esquivando uno de los proyectiles que le lanzaron, se marchó.
-¡Maldita! -le gritó el señor, alzando los puños-. ¡Maldita ave de mal agüero!
***
En la noche, bajo una luna colmada de reflejos, la esposa del señor murió luego de un vómito de sangre.

04 marzo 2008

¡¡¡Empezó el colegio!!!


Empezó la temporada escolar 2008, y como el año pasado editorial Casatomada agradece a los colegios su preferencia en nuestros títulos que, poco a poco, irá creciendo más. Este año esperamos superar las metas alcanzadas el año pasado, tanto en cobertura de talleres de escritura creativa, redacción, compresión lectora y motivación a la lectura, como en la edición de títulos que despierten en los lectores (grandes y pequeños) esa pasión por seguir cada página hasta el final.
Los colegios pueden solicitar la visita de nuestros promotores al 425-0444 / 9106-9669, nosotros estaremos encantados de poder compartir con sus maestros y alumnos los estupendos títulos que venimos editando.
Editorial Casatomada


13 diciembre 2007

QUIÉN GANÓ LA IV CUENTATÓN DE LIMA?

Edgard Norabuena / Juan Cristóbal / Orlando Mazeyra


La cuarta edición de la Cuentatón de Lima trajo sorpresas. Tanto el nivel de los cuentos presentados como la variedad de las temáticas fueron el plato de la noche, donde los asistentes disfrutaron de una maratón que cada vez convoca más participantes. 10 cuentos fueron los seleccionados entre 285 textos, y de ellos, tres alcanzaron los primeros lugares. Aquí la relación de ganadores y las menciones honrosas de la IV Cuentatón de Lima.
PRIMER PUESTO
Edgar Norabuena Figueroa
Cuento: MAGNOLIA
Edgar Norabuena es docente de Lengua y Literatura. Publicó el poemario “El Grito del Silencio” en 1997, “Itinerario de la Gaviota Cansada” en el 2000 y el libro de cuentos “El Huayco que te ha de llevar” en el 2007.

SEGUNDO PUESTO
José Pardo del Arco (Juan Cristóbal)
Cuento: UNA SITUACION INCÓMODA
Juan Cristóbal es Poeta y se desempeña como profesor de periodismo y literatura. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía 1971.

TERCER PUESTO
Orlando Mazeyra Guillén
Cuento: GANAS DE TI
Orlando nació en Arequipa, en 1980. Es autor del libro de relatos “Urgente: necesito un retazo de felicidad”.

Menciones honrosas

4 María Fernanda Castro Rivas
Cuento: CARNE
5 Martha Isarra Córdova
Cuento: DE REGRESO AL HOGAR
6 Jesús Jara Godoy
Cuento: REUNIÓN
7 Paul Asto Valdez
Cuento: CORAZÓN DE TIZA
8 David Adolfo Panayfo Cóndor
Cuento: EL DESGUACE
9 Ricardo Calderón Inca
Cuento: LOS INQUILINOS DE PAPÁ
10 César Augusto Huaraz Aquino
Cuento: EL REFLEJO DE LAS SIERPES
Esta cuarta edición de la Cuentatón de Lima agradece a todos los participantes al certámen, a Bussines Book por apoyar la promoción de la creación escrita, a la Municipalidad de Jesús María, a Maritza Suazo, Gonzalo Málaga, Julio Cabrejos, Víctor Llerena, Eloy Jáuregui, Iván Loyola, Augusto Carhuayo, y a todos los que pusieron el hombro para hacer realidad esta nueva edición. El próximo año lanzamos la V Cuentatón de Lima para el mes de Abril, y esperamos ir mejorando con cada convocatoria para poder llegar a más personas dedicadas a la escritura y ofrecer a la vez, mayores y mejores estímulos para los participantes. Cerramos entonces este 2008 con la CUENTATON DE LIMA, y solo nos queda decirles: ¡¡¡A seguir escribiendo!!!


25 noviembre 2007

Miel de Colmena / Presentación

Eloy Jáuregui, Gabriel Rimachi Sialer (Ed.), Max Crespo, Víctor Miró Quesada y Max Palacios.
Rotary Club de Lima, presentando Miel de colmena, la novela de Crespo en una noche donde cada autor recorrió la Lima que conoce y la Lima que recuerda.
Esa Lima que despierta cuando uno se va a dormir...

30 octubre 2007

IV Cuentatón de Lima / 2007


¡VOLVIÓ LA CUENTATON DE LIMA!

La CUENTATÓN DE LIMA es un trabajo iniciado en abril del 2001 por un grupo de jóvenes narradores que buscaban promover y difundir el libro y la creación. Las primeras ediciones se celebraron en el Centro Cultural de España, en abril del 2001, Junio del 2002 (dentro del III LANCE CULTURAL), y abril del 2003. Este año, gracias al apoyo de la Municipalidad de Jesús María, y como parte de los eventos organizados por el Festival del Libro de Jesús María (7 – 16 diciembre), editorial Casatomada lanza la convocatoria para la IV CUENTATON DE LIMA.

¡A ponerse a escribir!

BASES:
  1. Pueden participar todos los peruanos mayores de 18 años, que presenten 01 cuento de tema libre, en formato A4, entrelineado 1.5 y fuente Arial 12. Mínimo de páginas: 2 y máximo 3.
  2. Los textos deberán ser originales e inéditos.
  3. Al final de cada cuento deberán aparecer los datos del autor, dirección, teléfono y un resumen biográfico (Tres líneas).
  4. La recepción de trabajos se abre desde el viernes 2 de noviembre de 2007 y finaliza el viernes 30 de noviembre de 2007.
  5. La premiación será el viernes 14 de diciembre de 2007 a las 7:00pm en el marco del Festival del Libro de Jesús María. Los autores seleccionados leerán su cuento en una noche dedicada a la creación. Los premios serán otorgados por la Municipalidad de Jesús María y Casatomada.
  6. Los textos deberán ser enviados en formato word a cuentatondelima@gmail.com colocando en el asunto: IV CUENTATÓN DE LIMA.
  7. El jurado calificador estará compuesto por escritores y un representante de la editorial, quienes darán su fallo la misma noche de la celebración. Serán seleccionados 10 cuentos: 3 ganadores y 7 menciones honrosas. El fallo será inapelable.
  8. La participación en la IV CUENTATON DE LIMA supone la aceptación de las bases. Cualquier texto que no cumpla estrictamente los puntos señalados en las bases será automáticamente descalificado.

28 octubre 2007

Miel de Colmena / novela


La joven esposa de un empresario permanece secuestrada sin comprender por qué no se paga su rescate. Una temible pepera que regenta el club nocturno más importante de La Colmena se ve amenazada con la llegada de su ingenua sobrina. Un joven estudiante de Derecho se verá involucrado en un negocio que lo convertirá en blanco de una espeluznante red de prostitución.

Con tres historias paralelas narradas con un estilo directo y vertiginoso, Miel de colmena es la impactante primera entrega de Max Crespo (Lima, 1984), un escritor cuyo universo narrativo ha sido forjado en el contacto con el submundo limeño, mostrándonos la descarnada radiografía de una sociedad llena de ambigüedades morales, ambiciones, envidias y el rencor que estas generan.

Miel de colmena retrata a una ciudad que despierta, cuando usted empieza a soñar.

01 octubre 2007

En búsqueda de Batanero / Cuentos


En los cuentos de En búsqueda de Batanero, Loyola ha optado por el camino más sensato. Abundan las historias: desde el periodista en búsqueda de un legendario vengador, hasta el indígena asimilado que retorna a su terruño, en un intento por recuperar fantasmas del pasado. Y ese es el elemento que conecta a todos los relatos: alguien se desplaza con el objetivo de desentrañar retazos de la imaginería tradicional o bien encontrar su propio destino, quizá aterrador e imaginable.
Sin embargo, también deja su huella la brutal colisión entre el racionalismo occidental y la sabiduría de las colectividades sojuzgadas por la globalización.
De esa encrucijada, Loyola sin duda seguirá bebiendo, y con aciertos como los que hoy ofrece. En búsqueda de batanero es, en definitiva, de los mejores libros de cuento aparecidos en lo que va del año.

11 septiembre 2007

Tres giros mortales / cuentos


Las historias que componen esta colección de cuentos (cuya prosa, cuidad y eficaz, demuestra el oficio de este joven escritor) nos llevan de la mano por los intrincados caminos del absurdo personal y social, planteando entre líneas, la propia visiòn que el autor tiene del mundo. Sus personajes transitan por un universo al que parecen no pertenecer y tampoco evitar, provocando situaciones en las que se veràn obligados a enfrentarse contra ellos mismos, llevando al límite su propia condición humana.
Tres giros mortales es un libro cuyos cuentos permanecerán como una imagen permanente y cuestionadora en la memoria de cada lector.
De venta en Librerías Crisol, Contracultura, Ibero, Commentarios y, como no, también en Quilca. S/15.oo

31 agosto 2007

Nacimos para perder / OPINAN


SOBRE NACIMOS PARA PERDER


La propuesta ha sido abordar el tema de la derrota desde la perspectiva particular de cada uno de los 20 narradores convocados. Nacimos para perder. Simplemente cuentos es un libro para leer con atención, pues tiene páginas estupendas.
Diario Correo

Este libro nos entrega 20 cuentos donde la realidad tal cual y el absurdo más hilarante se entrelazan para conmovernos y dejarnos una sonrisa en el rostro o una lágrima en el alma. Corra a comprarla.
Revista Economía & Mercado / ESAN

Todos los cuentos tienen un estilo... y ante la diversidad de temas de la narrativa breve actual, Nacimos para perder reúne 20 narradores que, irónicamente, saborean el gusto del fracaso.
Diario La República

Veinte lados de una misma moneda, esta colección de relatos mantendrá en vilo al lector, por lo cercano de sus situaciones y planteamientos, llegando a rozar –con seguridad– parte de su historia personal. Si no lo lee, pierde.
Revista Dionisos, el placer de la buena vida

“Nacimos para perder. Simplemente cuentos” es el cuarto título de la serie “En el camino” de esta joven editorial. Ironía y humor alrededor del tema de la derrota. Vale.
Revista Caretas

Uno de los 10 libros peruanos más vendidos del mes.
El Dominical / Edición especial: revista mensual de librosSuplemento cultural del diario El Comercio

Esta esperada antología nos entrega veinte autores, veinte formas de contar y veinte maneras de abordar con ópticas distintas un mismo tema. El resultado: un abanico de estilos narrativos que dejarán en el lector, una mezcla de emociones encontradas.
Revista Oveja negra

Un niño enamorado de su maestra, el escritor acosado, un sicario peruano y uno mexicano, el hijo que viaja a recoger a su padre de la cárcel... son sólo algunas de las 20 historias que llevan al lector por las rutas menos esperadas. Cada cuento es una muestra de los diferentes ángulos de la derrota, esa ambigua situación en la que todos, de alguna manera, hemos estado. Muy recomendable.
Diario La Primera

21 agosto 2007

Nacimos para perder


Sobre Nacimos para Perder. Simplemente cuentos
/por José Güich/


Hay una pregunta retórica a propósito de la escritura de ficciones. ¿Qué significa esa actividad? ¿Qué sentido esconde? Los autores reunidos en Nacimos para perder, nacidos entre 1961 y 1979, ejecutan esa labor haciendo a un lado las eternas interrogantes de por qué o para qué infiernos se apartan del mundanal ruido e inician jornadas extenuantes, de las que uno emerge consumido, agotado por el esfuerzo de construir una historia que, al mismo tiempo, sea una revelación única e intransferible acerca de cómo un escritor concibe al mundo, lo reelabora y ulteriormente construye un universo con sus propias reglas y convenciones. En lo personal, pienso que no hay una respuesta única o un pensamiento guía al respecto.

Cuando alguien escribe, no hay teoría o especulación que valga. Es uno y solo uno frente a la bendita o, mejor aún, maldita página en blanco, que se abre como una puerta hacia el único territorio donde el ejercicio de la libertad es la única certeza admisible. A las otras, se las quisieron llevar ciertos discursos nacidos de la postmodernidad, convenientemente manipulados por los fundamentalistas del mercado, al que muchos oportunistas han querido arrimarse para declarar, neciamente, que la historia ya concluyó. Y nada más alejado de eso que los relatos de esta colección, en los que subyace, como motivo guía, la sombra que proyectan las grandes pérdidas y ausencias en el balance de una vida humana; partidas o rupturas, amores imposibles, la perdida de la inocencia, el reencuentro con los miedos más profundos y la soledad moderna son solo algunos de los temas de estos cuentos. Algunos, con ironía o desenfado; otros, con un fatalismo visceral, o bien, con una mirada nostálgica, pero nunca complaciente, nos entregan versiones paralelas y desafiantes de la realidad. Cada autor, desde su experiencia y sensibilidad, se opone tenazmente a la idea de que el mundo solo deba ser contemplado en función de la homogeneización y lo que podría llamarse, con sorna, la cultura Kentucky Fried Chicken, que ha idiotizado a una buena porción de la humanidad.

No existe literatura plena que nazca de la claudicación o del conformismo, disfrazado de recetas anodinas. Y de eso, todos los escritores antologados están muy seguros. Para aquellos que quieran tranquilizar sus almas con productos livianos, están más bien, los Manuales de Autoayuda que Gabriel satiriza tan eficaz y jocosamente en la nota de presentación. La literatura auténtica, esa que se escribe con pulmones, hígado y el aparato genital entero, solo puede debe brotar de la colisión frontal contra aquello que los asimilados al sistema denominan “lo fáctico” casi con veneración religiosa y de rodillas; para un narrador, eso no es más que nutriente, materia prima de la escritura. Al trasvasarse a la maligna hoja, se convierte en una ficción. Para ello, es necesario que los creadores se devoren a sí mismos y luego expectoren sus pesadillas, sus ilusiones, sus frustraciones, sus búsquedas del paraíso terrestre, sus monstruos predilectos y, quizá, muy relegada en el desván construido por el desencanto, esa palabra llamada “esperanza”…aunque no sabemos de qué o para qué. Y lo más fascinante es que también se apropian de los terrores ajenos, los cargan sobre sus hombros y los llevan a cuestas a través de los laberintos insondables de una narración.

De todo eso y mucho más habla Nacimos para perder, inteligente título que Gabriel ha sabido utilizar no solo como alusión al eje de la antología, sino, en un segundo plano de lectura, para darle un golpe certero a todos aquellos domesticados para los cuales la literatura no pasa de ser un mero pasatiempo, y cuyos cultores siempre llevan siempre en sus frentes el sello del sospechoso, del marginal o de la demente. No, señores tecnócratas, escribir relatos es un trabajo muy serio, que exige disciplina, entrega plena y sinceridad (los mismos principios que, graciosamente, campean en los bancos o en los supermercados). Aunque, a decir verdad, al escritor no le viene mal algo de locura, de marginalidad o recibir eternas acusaciones de subversión, parricidio o irreverencia ante las verdades consagradas.

Escribir es, sobre todo, una celebración agónica y un ritual mistérico; pero también puede ser, simplemente, como nacer, morir o apagar la televisión…un acto entre tantos, que solo alcanzará la trascendencia que cada autor quiera otorgarle en una época tan desabrida, tan antiutópica y de otras barbaridades nacidas de la deshumanización que poco a poco quiere ponernos contra las cuerdas y convertirnos en obedientes ovejas dentro del redil. Y ahí están, estamos, los escritores, decididos a ejercer el derecho a ser anarquistas, a fundar nuestra religiones personales o, simplemente, asustar, desestabilizar a los bienpensantes que creen tener los pies bien puestos sobre la tierra.

En “Nacimos para perder”, creo que todo eso se da con creces, en amplias cuotas sin vencimiento de pago…..Y es una muestra de que la narrativa peruana está más oronda y viva que nunca, apostando por una diversidad temática y estilística sin precedentes en otros períodos. Su lectura atenta puede brindar un mapa general de los derroteros y opciones actuales por los que avanza nuestra narrativa. El orden solo está dictado por la fecha de nacimiento de los seleccionados, lo que contribuye a fortalecer la identidad del conjunto, basada en los contrastes poéticos y estructurales. Celebremos, pues, juntos, esta sana y aconsejable heterogeneidad de miradas, anhelos y sacrificios a los viejos dioses; festejemos esta sana demencia que es perpetrar un cuento. (José Güich)