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05 octubre 2011

Clarice Lispector en la pluma de Patricia De Souza (Babelia)

Clarice Lispector, 1920 - 1977

Narrativa. Nuestra época está marcada por una frontera cada vez menos visible entre la vida privada y la vida pública, el Facebook, el Twitter, han convertido cualquier anécdota personal en objeto de dominio público. La biografía lucha por no cederle la batalla a Internet y poder ocuparse de la vida de aquellos, y aquellas, que se dedicaron a escribir y publicar. Últimamente no vemos muchas biografías, sino lo que podríamos llamar paratextos: notas, fragmentos, correspondencias. Una vez alguien dijo: "Lo que nos interesa es saber cómo se salvaron". Creo que esta palabra, "salvarse", tiene una relación directa con la obra de Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania 1920-Río de Janeiro, 1977); ella se salvó de un desastre familiar a través de sus textos que revelaron la parte más extraña, impenetrable y asfixiante de la realidad, un universo que muchas veces ha sido comparado con el de Kafka. Laura Freixas, en su excelente biografía Ladrona de rosas, revela detalles de la vida de la autora, uno de ellos, que fue concebida con el propósito de curar a su madre enferma. En ese sentido, el sentimiento de culpa, que la persigue toda su vida, en una misión que no se cumple, mantiene una relación con la obra de Kafka que gira también en torno a un profundo sentimiento de culpa, frente a la incapacidad de asumir y justificar su propia existencia. Clarice escribe: "Sé que mis padres me perdonaron haber nacido en vano, traicionando su gran esperanza, pero yo no, no me lo perdono" (Ladrona de rosas, página 39). Nacida de una familia judía emigrada en los años cuarenta a Brasil a raíz de los pogromos, Clarice vivirá en Maceió, enseguida en Recife, y finalmente en Río de Janeiro, donde permanecerá hasta su partida en exilio, en los años cuarenta. Haia (vida en hebreo), quien tiene nueve años cuando llega, se convertirá en Clarice, la escritora, de quien se desconoce el origen judío hasta el día de su entierro en el cementerio judío carioca, en 1977.



02 septiembre 2010

Rimbaud, de Edmund White, en esperado estreno literario

En la siempre interesante y nutrida Babelia, del diario El País, encuentro esta nota sobre el próximo lanzamiento de un libro que aborda la intensa vida de un ícono de la poesía universal: Arthur Rimbaud. Esperemos que el libro llegue pronto y (esto sí es esperanza pura): que no sea caro.
La nota es del escritor Manuel Vicent.

Cuando Rimbaud en 1870 se fugó por primera vez a París tenía 16 años y todavía parecía una niña de tez delicada, ni siquiera le había cambiado la voz, pero ya componía poemas obscenos y violentos en una perenne lucha interior entre el ángel y el demonio que no terminaría nunca. Perdido por los caminos escribía Muera Dios en las paredes de las iglesias y ese era el único rastro que dejaba. Su admirado Baudelaire, poeta maldito, cuando escribió Las Flores de Mal, aun iba muy acicalado, incluso perfumado. Los poetas tenían todavía un carácter sagrado y un porte respetable. Rimbaud fue el que inauguró los harapos de bohemio y el pelo largo, fue el primero en divertirse provocando a los burgueses con una conducta caótica, obscena e irreverente y antes de que se pusiera de moda comenzó a experimentar cualquier clase de vicio como una conquista de la libertad.

En su huida Rimbaud atravesó todos los frentes mientras en Francia se desarrollaba la guerra franco-prusiana. Su cuerpo adolescente despertó a la sexualidad de forma brutal. Fue violado por un pelotón de soldados. Hasta entonces sólo había pensado en el amor dirigido hacia una mujer ideal, asexuada y tal vez una amarga experiencia con una mujer concreta había dejado una herida abierta que le obligó a volverse contra todas las mujeres, empezando por su propia madre. Pero la violación acabó por romperle el alma. La historia de Rimbaud es la de sus continuas fugas sin paradero determinado, primero entre versos parnasianos inspirados en el ocultismo oriental y en la magia, luego con poemas sacados directamente del infierno, que había aprendido en el París revolucionario de la Comuna.

Un día el adolescente Rimbaud le escribió una carta a Paul Verlaine y le adjuntó varios poemas. Verlaine quedó asombrado y le contestó a vuelta de correo: "Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos". Junto con la carta Verlaine le mandó un billete de tren a París. Rimbaud llegó en septiembre de 1871. El choque emotivo fue terrible. Verlaine abandonó a su esposa y a su hijo recién nacido y comenzó a vivir una aventura homosexual con Rimbaud cuando este todavía con cara de niño tenía ya un alma negra. En plena y mutua tempestad viajaron a Inglaterra, a Holanda, a Alemania. Se amaban en oscuros jergones, se peleaban en las tabernas, iban por las calles como dos vagabundos rehogados en ajenjo, alucinados por el hachís y escribían poemas visionarios. En julio de 1873, después de una violenta pelea de celos en la mansión de la Rue de Brasseurs de Bruselas, Verlaine le disparó en la muñeca. Temiendo por su vida, Rimbaud llamó a la policía. Verlaine fue condenado a dos años de prisión. Al salir se volvieron a encontrar en Alemania y en otra disputa Rimbaud le rajó la cara con una navaja. Fruto de esta experiencia fueron Iluminaciones y Una temporada en el infierno, las dos obras de Rimbaud que inauguraron la estética moderna. Tenía 19 años. Ya había llegado el momento de sentar la cabeza. Rimbaud quería ser rico, quería ser en un caballero. Se convirtió al catolicismo y dejó de hacer poesía, que consideraba una forma de locura.

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25 mayo 2010

La seductora Isak Dinesen, en Babelia.


Isak Dinesen fue calificada por Truman Capote como una "seductora por conversación". Lo que se constata leyendo sus relatos es que se trata de una seductora por narración. Hay algo en su manera de contar que la hace única; tanto da si lo hace al modo clásico del estilo alto como si se adentra en lo gótico o en lo maravilloso. La baronesa Karen Blixen nació en Dinamarca, se casó con un primo con el que se trasladó a una plantación en Sudáfrica, donde encontró los dos alicientes de su vida: al cazador Denys Finch-Hatton y la propia África, como cuenta en su hermosísimo y mundialmente célebre libroMemorias de África (llevado al cine) y en Sombras en la hierba. Al cine han pasado también dos piezas suyas convertidas en obras maestras del séptimo arte: Una historia inmortal, de Orson Welles, y El festín de Babette, de Gabriel Axel.
Carnaval reúne un conjunto de relatos de diversas épocas que fueron publicados después de su muerte. Los relatos de Dinesen ejercen todos ellos una fascinación especial en el lector. Hay en ellos una mezcla de poesía, misterio y leyenda tan singular que los hace únicos y que hacen pensar en una escritora fuera de las modas y modos establecidos. Ella cuenta cómo relataba historias a los nativos de su plantación y es muy posible que su pureza narrativa provenga de esa experiencia; porque son narraciones en el sentido más estricto de la palabra, que recogen al lector en una especie de clima creado y protegido por una dicción elegante, cuidada, afectuosa e inteligente a la vez, pero no ajena a la eficiencia del relato oral, y lo llevan por el camino de la fascinación (lo "seducen") a través de historias contadas con una muy elevada sensibilidad.
En Carnaval encontraremos una muestra excelente de su quehacer. Desde el relato titulado 'Anna', una historia de enredo muy bien narrada, con un final abrupto y colgado, lo que hace pensar en un cuento sin terminar; pero en su estilo está un modo de construir que es el de tomar un camino para abandonarlo por otro aunque dejando una estela sutil que los une, como sucede con el excelente 'Tío Séneca'. La sutileza se muestra también en relatos como 'Caballos fantasmas', cuyo tratamiento de la relación entre pasado y presente a través de unas joyas desaparecidas tiene las calidades de las mejores historias de fantasmas. 'La dama orgullosa' es un prodigio de construcción a favor de un final al que lo hace admirable no sólo el expectante transcurso de la situación sino, sobre todo, el minucioso ordenamiento del relato, que es lo que paso a paso carga de sentido tal final; por no hablar de la prodigiosa atmósfera del que da título al libro y que cuenta una velada de carnaval de un grupo de jóvenes disfrazados, un complejo y brillante juego de figurines que cruzan sus sentimientos por debajo de sus disfraces. En fin, ninguno de los cuentos desmerece de su gran estilo. En cierto modo, cabe pensar que en todos o casi todos los cuentos de Isak Dinesen hay un componente mítico, una especie de baño intemporal que los eleva a esa categoría sin dejar de posar, sin embargo, sus pies en la tierra. Probablemente ese sea su mayor encanto, que se refleja admirablemente en libros tales como Anécdotas del destino o Cuentos de invierno y que aquí, en Carnaval, podemos reconocer igualmente.
En 1931, la muerte de su Finch-Hatton en accidente aéreo y el fin de su plantación de café debida a la caída del mercado la obligan a regresar a su casa natal en Dinamarca. Allí empezaría su aventura literaria, casi con cincuenta años de edad. Su primer libro fueSiete cuentos góticos, varias veces rechazado hasta que logra publicarlo en 1934. A partir de ahí, la celebridad y el elogio unánime de todos sus contemporáneos.

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06 abril 2010

Bukowski & Artaud. Combinación perfecta.

Estoy leyendo "Fragmentos de un cuaderno manchado de vino", de Charles Bukowski desde hace dos días, un libro que recopila cuentos inéditos, ensayos, apreciaciones y desprecios del autor que marcó generaciones de rabiosos escritores punks (una vez le oí esta frase a un viejo escritor, me pareció genial). Dice Buk, por ejemplo: "En tiempos en que creía que era un genio y me moría de hambre y nadie me publicaba, solía desperdiciar mucho más tiempo en las bibliotecas que ahora" (fragmento del texto "Un delirante ensayo sobre la poética y la condenada vida, escrito mientras bebía media docena de latas de cervezas (altas)"). Bueno, ese es el genio de Bukowski, así digan lo contrario. Y en este libro hay un texto delicioso que el autor escribe para una edición de Jack Hirschman, titulada "Antología de Antonin Artaud" , otro de los grandes de la literatura, poco recordado pero siempre valorado. Y Bukowski, oh Bukowski, tiene frases del tipo: "No soy estudiante de literatura. Lo único que sé es lo que siento, maldita sea. El libro está dividido en dos partes: "Antes de Rodez" y "Rodez y después". No se divide a un hombre por manicomios. Ni por rupturas con el surrealismo. Se sigue el alma de un hombre como una cuerda a medio podrir. Y se empieza en cualquier parte". Como fuere, busquen este libro. Y lo menciono pues ha coincidido con un artículo sobre Artaud que ha publicado Babelia, el suplemento cultural de El Pais (que siempra trae cosas interesantes). Dice el artículo:

Antonin Artaud
Hay que darle a las palabras sólo la importancia que tienen en los sueños", escribe Antonin Artaud en El teatro y su doble. Cito de memoria y es posible que lo haga de forma inexacta, pero así ha persistido en mi mente como una extraña advertencia desde que la leí en la adolescencia y, si hacemos caso a su significado, así debe quedar. Escritor, poeta, actor, dibujante, pero sobre todo un hombre atormentado e iluminado por el dolor, las drogas y la locura, Antonin Artaud (Marsella, 1896-Ivry, 1948) es uno de los grandes malditos del arte. Su leyenda está formada a partir de una existencia tan alucinada como trágica, así como por unos pocos libros que siguen siendo lecturas de referencia. La Casa Encendida, de Madrid, inicia el próximo viernes una amplia muestra sobre su vida y su obra, con dibujos, fotografías y sus cuadernos (algunos inéditos), además de actividades paralelas con películas, debates y una Radioperformance.
En tratamiento psiquiátrico casi desde la niñez, fue medicado tempranamente con opio, láudano y otros estupefacientes que lo convirtieron en adicto de por vida. Al llegar a París no tardó en ser acogido en el círculo surrealista de André Breton, gracias a su poemario Tric Trac del cielo (1924), pero poco después rompía con ellos para emprender su camino como actor en el teatro y el cine (hizo papeles secundarios en Napoleón, de Abel Gance, o en La pasión de Juana de Arco, de Carl Theodor Dreyer, entre otras), aunque con moderada fortuna. En esa época era un joven inteligente y sociable, de enigmática belleza y mirada penetrante, con un trasfondo oscuro y un carácter apasionado y visionario, que no tardaba en aflorar.
Artaud fue un pensador radical, vanguardista, que propuso las ideas de lo que llamó el Teatro de la Crueldad, que impactara profundamente en el espectador hasta hacerlo salir de la complaciente pasividad ante el teatro de entretenimiento. Junto a ello ponía como ejemplo el teatro balinés -asistió fascinado a dos representaciones en 1922 y 1931-, basado exclusivamente en la fisicidad y el simbolismo, opuesto a los excesos del diálogo en el teatro burgués occidental. Los textos reunidos en El teatro y su doble (publicado en 1938) siguen siendo una lectura intensa y reveladora, no sólo para los amantes de este género.
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